El nuevo gobierno ha comenzado, y una de las promesas más importantes que ha hecho es que, para el nuevo Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018, el género y los asuntos de mujeres ya no sean un señalamiento o anexo del plan, sino que la perspectiva de género sea el eje transversal en su totalidad. Esto implica que todas las políticas, todos los presupuestos, todas las medidas y todas las campañas deberán considerar la perspectiva de género desde su planeación.

Una de las áreas primordiales, sobre todo por los problemas que se enfrentan actualmente, es el sector educativo. Así, uno de los paneles temáticos organizados para escuchar a los expertos y a la sociedad civil como una forma para detectar las necesidades verdaderas de las mujeres y las niñas, fue el de la educación, entendiendo que es fundamental para empoderar a las mujeres, garantizar la equidad, el acceso igualitario y el conocimiento basado en los derechos humanos.

Resulta fundamental para garantizar la equidad y una vida libre de violencia y discriminación, transversalizar la perspectiva de derechos humanos y la de género sin que esto implique un plan educativo remedial y compensatorio, pues transversalizar ambos implica que sean eje de todo lo que se diseñe: presupuesto, planes, etc.

Uno de los más grandes problemas a los que se enfrenta este país es qué sucede con las mujeres y la escuela. En cuanto a número de alumnos por salones, grados académicos y escolaridad, hemos alcanzado una paridad en número bastante positiva, pero, al momento de comparar la Población Económicamente Activa (PEA) entre mujeres y hombres, la brecha aún es muy grande. La barrera discriminativa limita las opciones profesionales de las mujeres y las subordina, dejando a los hombres como líderes productivos, administrativos, económicos y laborales. En el 2012 se publicaron los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). En esta se revelan cifras que pueden dar respuesta al por qué hay menos mujeres formando parte de la PEA: el porcentaje de mujeres de entre 30 y 39 años, sin hijos, que trabajaba, era de 87.8%, y con hijos, bajaba al 72.5%. El porcentaje de mujeres  trabajadoras y sin hijos, de entre 40 y 49 años, era de 87.3%. Finalmente, el de las mujeres con hijos era de 73.3%. ¿Qué significa esto? ¿Será que las mujeres madres no tienen derecho al desarrollo profesional? En realidad, mujeres jóvenes o viejas, solteras o casadas, con o sin hijos, tienen el mismo derecho a desarrollarse profesionalmente. Sin embargo, la falta de políticas de conciliación y flexibilización de horarios discriminan a las madres y las arrinconan, dejándoles como única opción dedicarse al hogar.

Otra cuestión que valdría la pena analizar es el salario y los puestos de trabajo. Supongamos que hay una mujer soltera, sin hijos, con doctorado y muy capaz. Es probable que nunca obtenga un puesto directivo en la empresa en que trabaje sólo por ser mujer, o bien, si lo obtiene, no ganará lo mismo que cualquier otro hombre con su mismo puesto. Este tipo de factores se convierten no sólo en impedimentos sino en motivo de decepción: ¿Qué caso tiene dedicarle tu vida a una empresa que no sólo no te recompensa, sino que no te reconoce en lo más mínimo?

Todos estos factores basados en una cultura machista y patriarcal, y en los estereotipos de género, muchas veces promocionados por los medios de comunicación, son barreras económicas, sociales y políticas para el país entero, no sólo para las mujeres. Basta con analizar los niveles de equidad en los países desarrollados para determinarlo como un factor indispensable para formar parte del Primer Mundo.