¿Cuánto de nosotros mismos es construido y cuánto está contenido desde que somos personas? Esta pregunta no es sencilla y ha provocado la incorporación de la palabra “género” para explicar que la sociedad poco a poco nos va moldeando de acuerdo a la interpretación que hace de nuestro sexo. Los seres humanos estamos biológicamente diferenciados en mujeres y hombres. Cada una de las células que tiene nuestro cuerpo  está ordenada de acuerdo a nuestro sexo. Pensemos en los programas policiacos y podremos ver cómo a partir de una cabello, una uña o un trozo de piel se puede afirmar el sexo del delincuente. No podemos ignorar que convivimos con nuestra diferenciación sexual. Sin embargo esta diferencia no está cerrada como una muestra dentro de una cajita de Petri, sino que está en contacto con todo lo que le rodea. Las personas interpretamos nuestro mundo y por supuesto interpretamos nuestro sexo y sexualidad.

Desde que nacemos somos nativos de una forma específica de ver el mundo. Siguiendo a Gayle Rubin podemos decir que la sociedad poco a poco va moldeando nuestro comportamiento, actitudes, significaciones, valores y reglas de acuerdo a nuestro sexo. Analicemos algunos de estos.

Hasta hace muy poco los padres varones no se permitían un cuidado cercano a las necesidades de un niño pequeño, ahora el comportamiento ha cambiado y cada vez es más común verlos empujando una carreola o jugando con ellos en el parque.

Antes el hecho que la mujer utilizara su nombre de casada o de soltera señalaba la seriedad con la que se tomaba su compromiso matrimonial, ahora el nombre cada quien lo utiliza de distinta manera de acuerdo a los diferentes ámbitos en los que se desenvuelva sin que esto necesariamente tenga un significado particular.

También podemos ver cómo las actitudes en cuanto a la participación política de la mujer han cambiado. Hace algunas décadas a muchas mujeres ni siquiera se les invitaba a formar parte de la sobremesa o las charlas de política dentro de su propia familia. Ahora se promueve la participación y ha aumentado, aunque todavía falta mucho por hacer.

La cultura cambia y la interpretación que damos de nosotros mismos también. Si esto lo ligamos a la diferenciación sexual estamos hablando del género.

No se quiere decir que todo en nosotros sea cultura y caigamos en un relativismo desconcertante. La diferenciación sexual existe y mientras seamos seres humanos seguirá existiendo. Pero muchas veces por la costumbre, el hartazgo o la decidía asumimos como naturales algunos comportamientos que han sido implantados desde hace muchos siglos.

Esto me recuerda una historia. Un maestro en la India rutinariamente predicaba a sus discípulos. Un buen día apareció un gato y mientras el maestro hablaba el gato se paseaba por las piernas de los oyentes solicitando atención y comida. El maestro pidió se amarrara al gato. Así paso el tiempo y cada vez que se reunían, alguien se encargaba de que el felino estuviera sujeto. Un día el gato murió y los alumnos preocupados corrieron a conseguir otro para poder tener su acostumbrada plática.

Hacemos cosas que no se sabe por qué las hacemos, pero se sienten tan naturales que dejamos de cuestionar la lógica de ellas y las reproducimos en nuestra vida. Si no ocurren nos sentimos incómodos, como si algo estuviera mal. Lo que significa ser mujer u hombre cae en esta dinámica. Pensamos que la dulzura es cosa de mujeres o la valentía de hombres. Cuando ambos sexos podemos ser dulces y valientes. La categoría de género posibilita este análisis, no para oponernos a la naturaleza, sino para sacar lo mejor que haya en ella.