Puede parecer desproporcionado establecer un paralelismo entre un acontecimiento nacional “relevante” y “serio” con otro “secundario” y “trivial”. Me refiero a dos hechos sucedidos en esta última semana en nuestro vapuleado México, del 11 al 15 de julio: la fuga por parte del “Chapo” Guzmán del Penal de Alta Seguridad en Almoloya, y la pobre actuación de la Selección mexicana de fútbol en la llamada “Copa de Oro”, pero principalmente la actitud de su entrenador, el así llamado “Piojo” Miguel Herrera.

Si bien el futbol es, desde luego, un asunto hasta cierto punto intrascendente, como dice un buen amigo mío, dentro de lo intrascendente es quizá lo más importante. Y es que suscribo que el deporte, y en este caso el futbol como el más popular, es un reflejo de la sociedad a la que pertenece y muestra las virtudes y vicios del País al que representa. Y aquí es donde quiero establecer las analogías, si caben.

En la fuga de Joaquín Guzmán Loera, el “Chapo”, se destaca la reacción de las autoridades al respecto. Las declaraciones tanto de Osorio Chong como de Monte Alejandro Rubido son una expresión de la falta absoluta de autocrítica que ha caracterizado a este gobierno, además de ser un insulto a la inteligencia de los mexicanos. Más allá de la evidente complicidad de las autoridades, más allá de lo increíble que resulta el que nadie se diera cuenta de lo que ocurría en el penal durante el tiempo de la construcción del túnel, y otras especulaciones, lo que es de destacar es el discurso y las justificaciones de un acto que, sin duda, fue rocambolesco y mediático.

Pues bien, en el caso de Miguel Herrera sucede lo mismo a nivel del discurso. La autocrítica está reducida prácticamente a cero. Según su visión, la selección de México que, en su grupo, sólo pudo ganarle a una endeble Cuba por goleada, pero luego empató con Guatemala –que, hay que decirlo, quedó incluso en último lugar por debajo de Cuba– y empató contra Trinidad y Tobago a 4 goles, después de ir ganando por 2 a 0, decía, según su visión, México ha jugado muy bien, sólo ha sido cuestión de mala suerte, de “no meter gol” (pero no ve que los trinitarios les metieron 4); la culpa la tienen siempre “otros”, “los demás”, como en el caso de la fuga del “Chapo, que son o los periodistas o los enemigos del gobierno (o de la selección), pero no hay un ápice de responsabilidad por parte de quienes, desde su investidura, son justamente los responsables. Paradojas mexicanas. No se trata de suscribir –y de hecho no sólo no lo hago, sino que la critico– la afirmación desafortunada de Peña Nieto por la cual nuestra corrupción es “cultural”, nada de eso. Pero sí hay rasgos muy evidentes que privan en nuestra manera de conducirnos y de asimilar ciertos acontecimientos y realidades. En los dos casos que invocamos aquí paradigmáticamente existe una actitud de soberbia que, unida a la torpeza, tanto de acción como de palabra, desemboca, inevitablemente en el ridículo. Por eso no nos sorprenda que haya habido la avalancha de chistes, caricaturas, los “memes” tan de moda hoy en día, etc. alusivos a estos acontecimientos. Y entonces los mismos responsables señalan y le reprochan a la sociedad crítica diciendo que no es posible reírse de algo tan serio, sobre todo como lo de la fuga del reo más peligroso de México de un penal de “alta seguridad”, rasgándose las vestiduras para descargarse ellos mismos de su responsabilidad. Si no quieren que nos dé risa, es simple: no nos hagan reír. El “piojo” Herrera “festejó”, como es su costumbre, de manera burda, los goles, incluido un autogol compasivo que los colocó por muy poco tiempo ganando el partido hasta que llegó el gol del empate no de Alemania, Italia o Argentina, sino ¡de Trinidad y Tobago!, mientras que se festejaba como si hubieran ganado una copa mundial.

Independientemente del desenlace o de lo que ocurra las próximas semanas en el caso de los hechos que analizamos, si México llega a ganar la Copa de Oro –cosa factible por la mediocridad y nivel del torneo– o si se llegara a aprehender nuevamente al “Chapo”, (lo que a mi juicio es más improbable que lo primero), ya vemos al “Piojo” festejando eufórico, y a Osorio Chong análogamente, como si fuera eso realmente un logro, en un nuevo despliegue de autocomplacencia y soberbia que no pueden más que desembocar otra vez en el ridículo, y que mueve a risa y a llanto simultáneos por un País que, al menos hasta ahora, y es muy triste, no parece ser viable en ningún sentido.