Por Alberto I. Vargas

En la tradición de los santos padres, nuestros monasterios se llaman «instituciones de salud» y a los sacerdotes se les designa «médicos» pues bien, curar al hombre, que está enfermo desde hace tanto tiempo y con tanta gravedad, no puede hacerlo ni un médico profano, ni el psicólogo o el psicoanalista más capacitado. Eso es algo que sólo pueden lograr los maestros de las «artes», los combatientes desinteresados que buscan una meta más alta: los ascetas. Son los hombres que día tras día salen vencedores de la guerra de guerrillas psíquico-espiritual; los hombres que poseen el arte del «discernimiento de los espíritus», un arte que se ha perdido en el mundo.

Tatiana Góricheva
Hablar de Dios resulta peligroso. Mis experiencias en Rusia y en Occidente. Herder, Barcelona, 1987, p. 62.

 

A pesar de la mentalidad materialista contemporánea, cada día somos nuevamente conscientes de que el hombre no se reduce a una mera corporalidad material, sino que tiene un principio de unidad y crecimiento que los clásicos llamaban psyché[1]: alma. A esta dimensión del hombre también se le suele llamar esencia humana desde la cual nos solemos referir a las dos potencias inmateriales superiores: la inteligencia y la voluntad.

También somos cada día más conscientes de que no sólo enferma el cuerpo sino también el alma. Siguiendo este razonamiento, nos encontramos con que tanto la inteligencia como la voluntad son sujeto de enfermedad, pueden crecer o decrecer. Podríamos decir que la inteligencia enferma cuando su conocimiento no es verdadero, sino al contrario, erróneo; cuando no crece en referencia a la verdad, sino que se sume en el error. Cuando esto sucede de un modo repetido el error se interioriza en el alma a modo de mentira. Ejemplos de enfermedades intelectuales son: la mitomanía, el cinismo, el relativismo o la falsedad. Por su parte, la voluntad enferma cuando su tendencia no es hacia el bien, sino hacia el mal. Cuando esto sucede de un modo repetido la tendencia hacia el mal se convierte en vicio. Ejemplos de enfermedades volitivas son: la cleptomanía, la incontinencia, el sadismo, el alcoholismo, e incluso la duda y la incertidumbre en juego también con la inteligencia. De ahí que podamos deducir que la salud en el ámbito de la esencia humana signifique el conocimiento de la verdad y la tendencia virtuosa hacia el bien; es decir, su unidad y crecimiento.

Sin embargo, es conveniente ampliar el análisis de dichas enfermedades y decir que las enfermedades del alma, ya sean intelectuales o volitivas, son propensas a contagio. Por ser estas dos facultades propias de lo común entre los hombres –de su esencia–, su situación creciente o decreciente está conectada sistémicamente con la situación de los demás hombres. Cada hombre coexiste en sociedad, pues es un ser social donde las alternativas disponibles para un individuo están interconectadas con las del grupo; de ahí que la sociedad no sea sólo un sistema abierto sino aún más: un sistema libre. Si la mentira intelectual o el vicio volitivo en cualquiera de sus modalidades se ha generalizado en un grupo, tendremos que decir que esa sociedad decae en un sistema entrópico; sin embargo, si el conocimiento verdadero y el acceso al bien son más o menos generales, entonces podemos hablar también de la sociedad como un sistema abierto y de auxilios. Desde esta óptica, se abre paso el diagnóstico de enfermedades de dimensión social –relaciones ad extra entre los hombres– para el cual es muy conveniente acudir especialmente a la ayuda de la sociología que ha desarrollado estudios interesantes sobre lo que algunos llaman ‘patologías sociales’[2]. Ejemplos de estas enfermedades pueden ser: la anomia, la alienación, el pasotismo, la frivolidad, la anorexia, la adicción al juego, el consumismo, la violencia de género, la pobreza, etc. En occidente muchas de estas patologías están vinculadas al miedo y la desesperación[3].

Cabe decir también que la dimensión coexistente del hombre no es exclusivamente hacia fuera, sino que también puede ser ad intra. Nos referimos a lo que muchos llaman el ‘mundo interior’ y que los psicólogos han denominado el yo. Efectivamente, también son posibles enfermedades que, sin ser ajenas a la inteligencia y a la voluntad, son aún de mayor profundidad y calado. El yo es ‘el ápice de la esencia humana’ que activa y orienta a la inteligencia y a la voluntad en tanto que potencias. Ahora bien, “el enclavamiento en el propio yo puede acentuarse en el enfermo. Si su yo se hace totalmente problemático, y todas sus preocupaciones giran en torno a sus dolores, supervivencia, etc., la enfermedad es una disminución de la libertad”[4]. Existen distintos tipos enfermizos del yo en orden a las relaciones de subordinación posibles que éste puede tener. El yo puede subordinarse a la inteligencia dando lugar a un yo pensado. Se trata de un yo reflexivo, que se piensa a sí mismo y por lo tanto es estático, un yo que no es creciente: es irreal porque como señala Polo “el yo pensado no piensa. ¿Cómo va a pensar si el yo pensado no es?” [5]. Ejemplos de este tipo de enfermedades pueden ser: la hipocondría, la neurosis obsesiva o la introversión excesiva, etc. Puede subordinarse también a la voluntad dando lugar a un yo deseado. Me refiero aquí a una construcción utópica, un yo idealizado voluntariamente, caprichoso. Ejemplos de este tipo de enfermedades pueden ser: el anancástico y la neurosis sexual. Por otro lado, puede subordinarse al cuerpo dando lugar a un yo somatizado. Algunos psicólogos lo llaman ‘yo material’; se trata de un yo sensual. Ejemplos de este tipo de enfermedades pueden ser: la histeria de conversión o la falsa ceguera. También puede subordinarse a otro yoes dando lugar a un yo estereotipado. Se trata de un yo de singularidad disminuida, un yo masificado. Algunos ejemplos pueden ser: la locura de dos, o cualquier tipo de ideologización. Por último, el yo puede subordinarse a sí mismo dando lugar a un yo egoísta. Es decir, un yo autorreferencial sumido en la mera subjetividad solitaria y en el que su carácter vocacional está oscurecido. El nombre de un yo egoísta es un “Don nadie”, un yo que no es persona. Por el contrario, ante estas versiones despersonalizadas del yo, podemos hablar de un yo real cuando éste se deja iluminar por la persona que se es, de modo que ella no está ni reducida ni detenida en el yo, sino creciente hacia quién será y qué, por lo tanto, no presenta ninguna patología especial, sino que es una persona sana en la medida de su apertura a la trascendencia. Podríamos decir que el yo sano es el yo real y el yo real es el yo traspasado por el ser personal. El diagnóstico diferencial de estas enfermedades, a la luz de una psicología realista, en juego con las demás ciencias, es el más conveniente.

¿Qué repercusiones que tiene esto en la ciencia médica? Que no todas las enfermedades encuentran su origen en el ámbito corpóreo, sino que, aunque materialmente esas enfermedades sean causadas por la misma corporeidad, su origen remite a una instancia más profunda que las activa y las dirige. ¿Cómo podrá un médico diagnosticar y curar una enfermedad del alma, ya sea intelectiva o volitiva? No sólo necesitará ser un médico acreditado en la ciencia –como en el caso de las enfermedades de causa natural– sino que, sobre todo, deberá ser un hombre virtuoso[6] que ayude al paciente a comprender su enfermedad y le conduzca después de muchos actos repetitivos buenos a la virtud contraria al vicio que había adquirido anteriormente. Además, convendrá que su método de afrontar la enfermedad fuera sistémico[7] y que considerase la posibilidad de una múltiple causalidad de origen tanto externo como interno y, por lo tanto, que integrase los esfuerzos de curación tanto del médico como del enfermo[8].

La medicina contemporánea está en crisis porque se encuentra ante un trilema[9] de alternativas frente a la enfermedad que son mutuamente excluyentes: a) el recurso médico es la esencia de la curación y el enfermo es pasivo estando a merced del tratamiento (Hipócrates); b) la salud depende fundamentalmente del enfermo y la acción médica es sólo accidental o incluso contraproducente (Galeno); y c) todos los hombres siempre están enfermos y la salud es una utopía (psicoanálisis)[10]. Efectivamente la medicina formal que se encuentra concentrada fundamentalmente en los hospitales enfatiza la acción del análisis médico especializado como la clave de la cura de enfermedades mientras que critica la falta de rigurosidad en el método de la llamada medicina “alternativa”; por su parte, ésta orienta sus esfuerzos en despejar cualquier intromisión ajena a la propia naturaleza con la convicción de que ésta es capaz de hacerse cargo de la enfermedad al mismo tiempo que critica el efecto iatrogénico de los tecnicismos de la medicina formal; por último, el psicoanálisis considera la enfermedad como a priori a la naturaleza aspirando a una “normalidad” humana que se presenta como imposible: si la enfermedad es el fundamento y la salud una utopía, el psicoanálisis descalifica también de un modo indirecto la validez de los dos paradigmas anteriores. Como se puede ver detrás de esta aporía se esconde un profundo pesimismo antropológico que obtura la medicina y la sitúa en crisis, en un triple callejón sin salida.

Visto de un modo positivo, efectivamente, en el combate contra una enfermedad es conveniente la ayuda externa de otros agentes tanto materiales como inmateriales; pero también es clave la actitud interna del enfermo ante su propia limitación e incluso es verdadero que la salud es una meta por alcanzar, pues siempre se puede seguir creciendo en la posesión de este bien (nadie está definitivamente o perfectamente sano). ¿Cómo sintetizar estos tres esfuerzos? Esa labor es la propia de la ética. En efecto, por su método sistémico, lo propio de la ética es integrar las virtudes, las normas y los bienes[11].

Parece claro, entonces, que un médico que accede al ámbito de la ética tiene más recursos para curar las enfermedades del alma. Sin embargo, en algunos casos eso es aún insuficiente, porque el hombre no es reductible a su corporeidad, ni a las potencias de su alma, ni siquiera a su yo, ni a su ethos: la persona humana es además de su esencia, es además espíritu[12]. Por tanto, existen aún enfermedades de mayor complejidad a las que cabe llamar enfermedades del espíritu[13]. El discernimiento y ayuda en este ámbito de la intimidad exige una antropología trascendental que nos permite acceder metódicamente al ámbito de la persona, el acto de ser. Dicho método es personal, la donación de la persona misma que se es.

BIBLIOGRAFÍA.

[1] Aunque esta realidad del alma se ha perdido del horizonte científico por el materialismo dominante, tanto los clásicos griegos como los medievales, e incluso los idealistas alemanes, tenían clara su existencia. Piénses, por ejemplo, en Platón, Aristóteles, Agustín, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Escoto, Eckhart, Kant o Hegel.

[2] El término lo ha puesto de moda Jurgen Habermas en (1992), Teoría de la acción comunicativa, pp. 161-260.. Cfr. también: Lorenz, K. (1974), Civilized man’s eight deathly sins, Harcout, New York; (1985), The waning of humaneness.

[3] “Algunas patologías van en aumento, con sus secuelas psicológicas; el miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los así llamados países ricos; la alegría de vivir se va apagando; la falta de respeto y la violencia aumentan; la pobreza es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir, y a menudo, para vivir sin dignidad”, (2013), Discurso a los Embajadores de Kirguistán, Antigua y Barbuda, Luxemburgo y Botswana.

[4] Polo, L. (1982), La persona centro de atención de la actividad de enfermería, p. 6.

[5] Polo, L. (2011), La esencia del hombre, p. 240.

[6] Como explica Aristóteles sólo éste es capaz de reconocer la virtud misma o en su defecto, el vicio; cfr. Ética a Nicómaco, VIII, 3.

[7] En psicología, esfuerzos interesantes en esta línea son las diversas Cognitive-Behavioral Therapies planteadas principalmente por Aron T. Beck y Albert Ellis. Cfr. Dobson, K. S. (eds.) (2010), Handbook of Cognitive and Behavioral Therapies.

[8] Es aquí donde la labor de enfermería adquiere una especial relevancia, pues la enfermera está en mejores condiciones a las del médico para reconocer, más allá de la enfermedad, a un enfermo. Mientras que lo propio de la labor del médico es el método analítico, la enfermera tiene mayor capacidad de síntesis, integrando en el tratamiento las diversas dimensiones de la persona del enfermo. Hoy en día esta colaboración médico-enfermera está también en crisis y el trabajo de la segunda es minusvalorado lo cual es parte de la crisis de la ciencia médica.

[9] Cfr. Polo, L. (2003), Quién es el hombre. Un espíritu en el tiempo, Rialp, Madrid, pp. 37-41

[10] A pesar de que Freud critica la utopía, para Leonardo Polo el psicoanálisis es un buen ejemplo para la utopía médica pues el vienés cae en su propia crítica. Yiannis Gabriel confirma este juicio que Polo hace de Freud a partir de su concepción de la neurosis como la enfermedad universal de la humanidad, argumentando que si la enfermedad es la normalidad en el hombre entonces la curación es una utopía, Gabriel Y. (1983), Freud and society, T. J. Press, Padstow, pp. 55-79, 130-145.

[11] Nótese que esta propuesta ética de Leonardo Polo entendida como integración de las virtudes, las normas y los bienes se corresponde en solución al trilema médico: las normas corresponden a la acción externa del médico, las virtudes a la actitud interna del enfermo y los bienes al deseo legítimo de alcanzar un ideal creciente.

[12] Recuérdese que esta triple estructura antropológica de cuerpo, alma y espíritu ya está presente en la tradición griega –Platón– y sobre todo cristiana –San Pablo y los Padres de la Iglesia.

[13] Sobre este tema las investigaciones del Dr. Jean-Claude Larchet de la Universidad de Estrasburgo son sumamente interesantes y conectan con la tradición oriental de los Padres de la Iglesia, Cfr. (2012), Therapy of spiritual illnesses, Alexander Press, Montreal.