¿Qué es aquello que constituye el género de una persona? Muchos son los elementos que conforman la construcción cultural de la diferencia sexual de un ser humano. ¿Cómo vivimos nuestro ser de mujer o de hombre en una sociedad? ¿Cómo desplegamos nuestra sexualidad? ¿Y cuánto de nosotros responde a las exigencias de normativa social? Son preguntas que todavía no se han respondido en su totalidad.

Mary Hawkesworth, en su famoso artículo Confounding Gender, enumera los elementos que integran el género: la sexualidad, la identidad sexual, la orientación o preferencia sexual, la identidad de género, el rol de género, y la identidad del rol de género (1999). A ellos nosotros les agregaremos el sexo y la categoría sexual, este último tomado de la propuesta de Candance West y Don Zimmerman (1999:112)

En estas semanas le propondremos a la comunidad algunas reflexiones de cada uno de estos elementos, esperando un diálogo abierto y objetivo para poder trabajar propuestas en conjunto.  En esta ocasión hablaremos del sexo, y la sexualidad.

1. Por sexo se entenderá la diferenciación genética, gonadal, genital y cerebral de la información orgánica referente a ser varón o hembra. (Ibarra, 2008). Podríamos establecer que el sexo está íntimamente ligado con la estructura genética y cromosómica de los sujetos, los cuales son XX (mujer) o XY (hombre), aunque no se limita a ello. Sería un error pensar en el sexo como un hecho simple, puro o acabado. A nivel puramente material, en las primeras configuraciones genéticas pueden ocurrir saltos en la formación o estructuras inacabadas que no concuerdan con la totalidad del proceso de maduración. Y si queremos ver cómo el sexo no es un proceso cerrado bastaría con analizar el dimorfismo sexual cerebral, para comprobar como a pesar de que el cerebro femenino es distinguible estructuralmente del masculino, ambos están sujetos a cambios de acuerdo a la información que reciben del exterior, como sucede con los centros de rol de género o los centros de apareamiento. Dicho de manera sencilla: dependerá de los estímulos que reciba el cerebro – femenino o masculino – para que desarrolle unas respuestas en vez de otras. (Nogués, 2003)

2. La sexualidad, en su sentido más llano, es la cualidad de ser sexuado o tener un sexo (Weeks, 2010:5). Es interesante anotar que la cualidad de ser sexuado lleva implícita la interpretación social de lo que implica pertenecer al conjunto de las mujeres o los hombres y lo que se espera de ellos. Se propone que la sexualidad podría definirse como el código social de conductas reconocidas como válidas entre los sexos, no sólo con fines eróticos sino de convivencia en general. A las mujeres y a los hombres se les enseñan códigos de conducta distintos en cuanto al tipo de palabras que han de utilizar entre ellos, la cercanía física, el tipo de temas, las miradas, etc.; y en virtud de esta normatividad se valida el comportamiento sexual. Ha de aclararse que aunque la sexualidad está estrechamente relacionada con los instintos sexuales, ella abarca dimensiones de convivencia mucho más amplios que se inscriben dentro de lo social, cultural y político. Esta interpretación social de la sexualidad hace que, a diferencia de los animales, la sexualidad humana sea plástica y no esté sujeta a patrones genéticos u hormonales, sino determinada por el aprendizaje (Nussbaum, 1999:271). Relacionada a este factor de plasticidad, está “la intención del fabricante”, es decir: las inercias sociales que reconocen, estimulan o promueven un comportamiento sexual y que están lejos de ser inocentes. Tal como lo define Anthony Giddens: “Es ‘un punto de referencia especialmente denso para las relaciones de poder’, algo que puede ser utilizado como un foco de control social a través de la genuina energía que, infundida con el poder, genera este.” Tan naive sería pensar a la sexualidad sólo como el producto de una “naturaleza sexuada” como el interpretarla bajo un paradigma de absoluta libertad del sujeto consigo mismo. La sexualidad, al ser social, implica normatividad aceptada, y en cuanto tal encierra un poder eminentemente atractivo para los intereses sociales, económicos y políticos.

Bibliografía:

Hawkesworth, M. (Octubre de 1999). Confundir el género. Debate Feminista, 20, 3-48.

Ibarra, D. (2008). Sexo y género, hacia una visión de conjunto. Cuadernillos de Persona y Sociedad, 21.

Nogués, R. (2003). Sexo, cerebro y género: Diferencias y horizonte de igualdad. Barcelona: Paidós.

Nussbaum, M. C. (1999). Sex and Social Justice. Nueva York: Oxford University Press.

Weeks, J. (2010). Sexuality. Nueva York: Routledge.