A Juanma

Sobre Crimen y castigo de Dostoievsky es muy difícil no repetir lugares comunes. Tal vez porque ahí fueron creados. Para muchos es la mejor novela jamás escrita y para otros no es sino un bloque enorme y aburrido, pesado, de divagaciones psicológicas ininteligibles para un lector de hoy. Pero quien eso opina es porque no ha leído o no se ha atrevido si quiera a abrir Vida y destino de Vasili Grossman, que exige todas las fuerzas y los músculos intelectuales de su lector para, sólo después de ejercitados, regalarle la novela definitiva.

               Dentro de los múltiples aspectos que del libro de Dostoievsky pueden ser analizados, me parece que no se ha reparado lo suficiente en las lágrimas que en tantas de sus páginas son derramadas. Bien mirada, Crimen y castigo es una novela sobre el llanto y su hondo calado en la estructura metafísica del ser humano.

            Como lo ha señalado Catherine Chalier en su bellísimo Tratado de las lágrimas, el llanto es el último reducto de esperanza que queda en quien ha sido ultrajado. No son ellas el testimonio del total fracaso o del abandono al sinsentido, sino que prueban y constatan en su liquidez que un bien independiente de la víctima sigue habitando el interior de su intimidad. Por eso el ultrajado llora, porque el llanto es el clamor de quien le faltan las palabras para expresar su dolor y, sin hablar, dice todo lo hondo que ha calado la herida. Ésa es la razón por la que el llanto puede ser al mismo tiempo considerado una gracia.

            El que comete un crimen, en cambio, el victimario que con sus actos ha malherido la santidad de otra vida, ha profanado también su propio fondo, pues al querer el crimen se amó a sí mismo, pero se amó degeneradamente, libidinosamente, y encontró solamente sombras de sí mismo. La culpabilidad será entonces el aguijón que le recuerde que trastornó un orden que por ningún motivo debía ser desajustado, que le recuerda que hizo con su vida un disparate que era preferible no haber hecho nunca de ninguna manera. Si no hay culpa, si aquél que ha profanado la vida de su prójimo no advierte la maldad de su mal, entonces el drama es aún más terrible porque ella, al avisar al criminal del mal que ha hecho, se convierte en la oportunidad del arrepentimiento y de volver a convertir su alma en un alma de carne. La culpa es, así, también, un rostro de la gracia.

            Las lágrimas en ese sentido son siempre memoria. En su corporalidad, transparencia, liquidez y gravedad, las lágrimas derramadas desde los ojos recuerdan, en su trayecto hacia el suelo, el lugar propio del hombre. Pero al mismo tiempo, las lágrimas posibilitan el olvido. Si la memoria nos recuerda con frecuencia quiénes somos, el olvido nos brinda la oportunidad de transformar la historia, y dejar atrás el mal de una vez y para siempre. Por eso, cuando el círculo se completa y es el victimario mismo el visitado por el llanto, entonces el agua de sus lágrimas no es otra que una confessio: el anuncio de su necesidad, el anuncio de su torpeza y la petición de auxilio para salir del fango. El perdón se hace así posible, el perdón, que es una forma de la memoria pero también una forma del olvido: pues el perdón radical no solamente borra las manchas del mal que cometimos, sino que además nos impone el deber de no olvidar que hemos sido perdonados. El verdadero perdón no recrimina nunca nada al victimario y le posibilita reconstruir su propia historia ofreciéndole la posibilidad de recordar que su mal no es la última palabra sobre sí mismo.

            El llanto tiene un poder radical, enraiza hondo en el alma del ser humano. El agua de las lágrimas mana siempre de una fuente que está más al fondo que nosotros mismos. Por eso a pesar de que aquél que ha perpetrado un crimen se retire a la más profunda soledad para liberar ahí su llanto, no hace sino retirarse a suplicar que la noche le acoja, que el manto de quien está ahí, esa noche escondido, le dé un poco de calor. El que llora sin testigos no hace sino recogerse hacia ese fondo suyo, más íntimo que sí mismo, inhabitado por el Bien, para que ese Bien infinito de algún modo le consuele.

            Cuando en un criminal ocurre así, lágrimas derramando, la súplica del perdón, entonces el círculo se ha completado y tal victimario se ha comprendido también a sí mismo como víctima. El milagro ha ocurrido. Las lágrimas han abierto la puerta a la redención. Víctima y victimario se encuentran en cada una de las gotas de su llanto. Y entonces hay un nuevo porvenir. El perdón posibilita así el surgimiento de la verdadera libertad, que siempre consiste en dejar de tener miedo, pues el perdón radical se erige a sí mismo como la nueva autoridad de nuestra vida. Por eso, sólo por eso, hace falta decir que nunca se llora en vano.

* Ésta es la segunda versión de “Lágrimas, crimen y castigo”, un texto publicado en Ritmos del siglo XXI: http://www.rsxxi.es/contenido/l%C3%A1grimas-crimen-y-castigo