Luz María González y Ana Ramírez*

En este país que está lleno de escaleras (y serpientes), siempre le tenemos miedo a la caída, a enfrentarnos a la realidad social desde un piso inferior, pues en esta escalera, cada piso está menos protegido. Nos da miedo enfrentarnos a la pérdida de seguridades, de lujos y de comodidades y, como en toda estructura social, cada piso está más expuesto a los elementos que nos asedian: sismos, huracanes, crisis financieras, educación de mala calidad. Por otra parte, como una niebla siempre perenne, tenemos la pobreza, la violencia, y la ignorancia que se ciernen sobre los habitantes de los pisos inferiores. Al menos, así se percibe.

Bajar un escalón, aún si no es todo un piso, se percibe como una verdadera tragedia. La experiencia de quienes están cerca de nosotros, pero un poquito más abajo, de tener un poquito menos, nos provoca vértigo. Esta visión nos lleva a maltratar, a veces verbal, a veces culturalmente a quienes se encuentran más abajo que nosotros: ¿qué se sentirá no ir a un destino turístico de moda de vacaciones?; y a envidiar y despreciar a los que se encuentran ligeramente por encima de nosotros: ¿por qué yo no puedo ir al extranjero de vacaciones? Esta lógica de escaleras termina por convertirnos en las serpientes que se enroscan en sus barandas, con la única misión de no caer y no dejar que nadie más suba, nos dirige a una defensa apasionada del estado actual de las cosas (status quo) y a una necesidad por demostrar que nuestro escalón está muy cercano a lo alto.

¿Estar más arriba nos aleja de nuestra niebla fantasma de pobreza, de violencia, de ignorancia? Lo dudamos, pero no es el tema que nos ocupa hoy.

El mes de septiembre nos ha traído sismos, y en cierto sentido -casi estricto- es como si una mano poderosa hubiera agitado esa escalera social en la que nos encontramos todos, enroscados en nuestros peldaños. Algunos cayeron definitivamente de la escalera y les extendemos nuestras condolencias a sus familias, pero otros simplemente se deslizaron unos cuantos peldaños, a veces un par de tramos y es toda una tragedia.

Pero, ¿qué es lo que hace que un evento sea considerado como una tragedia?, ¿es el número de personas afectadas?, ¿la proximidad geográfica con el lugar en donde ocurrió?, ¿la cercanía personal con los que perdieron algo o alguien?, ¿o tal vez lo complicado o costoso que será volver a la “normalidad”? En realidad, nada de eso nos parecería catastrófico sino fuera por el factor sorpresa. Cuando algo irrumpe nuestra normalidad, cercena nuestras rutinas, daña nuestras relaciones, y neutraliza nuestras seguridades, es cuando realmente comprendemos la tragedia y su magnitud. Es precisamente esa sacudida la que nos hace voltear a ver qué pasó con los míos y, en algunos casos, con los otros.

En el peldaño de abajo, los caídos se encuentran con otros ciudadanos, con otros hermanos de la escalera, pero que han estado ahí toda su vida. La empatía por los que estaban cerca de nosotros es enorme. Al verlos caer, nos damos cuenta de que nosotros mismos pudimos haber caído tanto como ellos. Toda la generosidad del mundo pierde sentido si se produce para aplacar a los dioses del azar. Para pedirles que sigamos manteniendo nuestro lugar en nuestro escalón. En los caídos, nos vemos a nosotros mismos, y ese ponernos en sus zapatos, puede ser, a veces, pagar -lo que sea- por no estar en ellos.

Lo lamentable parecería, entonces, que los escalones cedan de pronto, bajo nuestros pies, haciéndonos caer, y no el hecho de que haya quienes viven de manera permanente ahí abajo. ¿Será que pensamos que es aceptable porque estamos acostumbrados, ellos a estar ahí, y nosotros a verlos abajo?, ¿será que, por no haber novedad, nos pareciera que no hay sufrimiento?

Es quizá más trágico no saber en dónde está nuestro sentido de pérdida por los otros, por los que ya se encontraban más abajo, los ahora compañeros de los caídos. Pareciera que nuestra miopía -a veces voluntaria- no nos deja ver que siempre hay personas en la orillita del escalón que ante cualquier leve movimiento –y no exclusivamente telúrico- están cayendo. La única conclusión es que lo que duele es la posibilidad de la caída, no el hecho de que se conviva con los fantasmas: la pobreza, la violencia, la ignorancia.

Muchos de nosotros conocemos a alguien que en el sismo perdió todo -o casi todo- menos la vida. Es ese sentimiento de tristeza -de pérdida- el que debería estar presente todo el tiempo por las personas que nacieron en una situación comparable a la que otros cayeron. Es una tragedia que exista la pobreza. Es una tragedia que existan personas en constantes situaciones de violencia. Es una tragedia que exista la ignorancia. Es una tragedia que solo escuchemos el eco de quienes viven abajo, y veamos así, lejanos.

Siempre hay una escalera, es una consecuencia natural del hecho de que todos somos diferentes, aunque iguales en dignidad, derechos, ante la ley, etc. Pero esta tragedia sísmica nos ha hecho pensar que esa escalera debe contar con una planta baja que tenga piso, que tenga techo, que sea cómoda, que tenga libros, que tenga música, que tenga banquetes, que tenga fiestas.

* Integrantes de la División de Ciencias Sociales y Jurídicas del CISAV.

Imagen: Relativity, MC Escher’s