En su breve cuento de 1910, La silueta del indio Jesús, Alfonso Reyes nos narra cómo es que la vida de Jesús, un indio que deja su pueblo y viaja a alguna capital del país a trabajar, es marginada tras aceptar la promesa política de los revolucionarios. Jesús halla lugar en el jardín de algún burgués citadino y se convierte en un artista: sus manos son el pincel y las plantas el lienzo. Aquellas hacían brotar las flores según el deseo del indio (deseo de belleza), un talento que está, seguramente, en íntima conexión con la tierra. Al tiempo que embellece el descanso de los otros, Jesús se va introduciendo en las turbulencias de una revolución que casi asalta, cuya promesa amalgamaba perfectamente con su experiencia de hambre y frío. Se afilia al partido, quiere defender la libertad y quiere conocer los derechos del hombre. Esto a la larga le costará su acierto en el cuidado de las plantas, la minucia y el empeño para desterrar las plagas, hacer subir las enredaderas, empujar el brote de las flores en la tierra y el flote de otras muchas en el agua. La promesa dominó su vida. Peor todavía, después de haber visitado el campo y haber regresado a la ciudad: todo le fue indiferente, el jardín no volvió a ser su lugar, ni la política su aspiración, en cambio se dedicaría a vender pollos. Al final de su cuento, Reyes en voz del narrador, escribe: “Nunca entenderé cómo fue que Jesús, a punto de convertirse en animal consciente y político se derrumbó otra vez por la escala antropológica, y prefirió sentarse en la calle de la vida, a verla pasar sin entenderla”. La vida de un indio, el indio Jesús se desintegró de la vida social.

Con este escueto esbozo del cuento de Reyes (advierto que le queda muchísimo a deber al escritor mexicano, pues la elegancia estilística del regio es magnífica) quiero poner sobre la mesa de discusión algo que Ortega (2004 B) criticó en un ensayo de 1927: el afán de llevar a todas las dimensiones de la vida un feliz hallazgo. Este ensayo se titula Democracia morbosa, el español critica la pretensión de que la idea de igualdad (jurídica), propia del orden político, rija toda la vida, la religión, el arte, el pensamiento y el gesto. Pues la política es una dimensión que necesita atención y perfeccionamiento pero es sólo una de las muchas cosas que es necesario atender y perfeccionar para que la vida personal sufra menos fracasos y logre más fácil expansión, querer medir toda la vida con la vara de un criterio que es de menor alcance que el de la vida, es querer que los fracasos y la expansión de uno sea el de todos y eso es anti-vital. El español advierte que “Cuanto más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida” (p. 273). Así las cosas, ¡qué peligroso sería que el artista quisiera llevar el apasionamiento a la vida comercial o el militar la disciplina a la vida amatoria!

¿Qué perturbadora influencia tendrá, por ejemplo, que un asunto tan complejo como lo es el del desarrollo humano, se evalúe solamente atendiendo a criterios cuantificables o, peor aún, sólo a criterios económicos? ¿No se equivocan de vara los que así quieren medir? Esta es la causa de que las artes y las humanidades vayan en demerito en la educación contemporánea y que el rol que ocupan en la cultura y ésta a su vez en la sociedad sea tan frecuentemente objeto de debate y descrédito. Pero, ¿tienen ellas valía en la vida personal y social? ¿Su rol tiene importancia en una democracia?

Sí, digámoslo sin dudarlo, ellas son la condición de que haya una sociedad democrática, esa organización jurídica que es, decía Ortega, el primer esfuerzo de la justicia y lo que permite crear una estructura social más justa (p. 273). Una democracia tiene como condición de posibilidad personas capaces de participar en el ágora, con habilidades políticas. Hay pensadores que no han dejado de insistir en señalar el peligro de no atender a esta crisis educativa y cultural. Recientemente la filósofa Marta Nussbaum en la Universidad de Antioquía de Colombia, con motivo del Honoris Causa que le concedió esa institución, advirtió que una crisis de este tipo es lo más perjudicial para los gobiernos democráticos. En primer lugar porque las humanidades y las artes propician, por ejemplo, que las personas no se sientan anónimas, como partes de una “masa sin rostro” y sin responsabilidad con otros. Ellas afianzan la conciencia de sí mismos como personas y como miembros de una comunidad política, ellas hacen manifiesto la responsabilidad y el compromiso que requiere la construcción de bienes en común.

En este panorama, ¿las casas de cultura del municipio de Santiago de Querétaro tienen como finalidad ser instituciones rentables y generar ganancias? Más bien, ellas apuntan hacia otro fin, de hecho, cumplen otro rol. Dadas las circunstancias se ha señalado que las actividades culturales realizadas en esas instalaciones tienen virtudes claramente identificables para un diagnóstico que no parta desde una sola variable, un solo criterio. En las casas de cultura, pese al desprecio de distintas personas e instancias, se crean las condiciones para que sean sitios de encuentro y convivencia social en un ámbito de cercanía vital (Corzantes, 2016). En ellas se promueven la organización grupal y el desarrollo comunitario, favoreciendo el compromiso y el interés por la comunidad. Los procesos educativos y culturales que allí se dan son un elemento del desarrollo socio-cultural de la sociedad, ellos complementan la educación institucional que no siempre es integral. Y por ello aumenta la calidad de vida de las personas.

En una política pública sobre educación y cultura no puede primar la variable económica, si quiere ser auténtica política y no tecnocracia, tiene que formular las políticas educativas y culturales con otro tipo de variables y no sólo la económica, variables que permitan hablar de riqueza espiritual, ésta es condición de una auténtica democracia. Ortega nos recuerda que para no olvidar lo que Elguea llama riqueza espiritual, (Porras, 2011) y él mismo rendimiento vital, es la manifestación de la gran política, porque ella permite consolidar las instituciones que promueven el desarrollo de todas las dimensiones de la vida de las personas.

Más aún, en su “Mirabeau o el político” (2004 B), el político es un hombre cultivado, conocedor de la historia, de las ciencias, de la realidad. Nos recuerda que César en los Alpes compuso un tratado de Analogía, Napoléon en medio del crudo invierno ruso escribió un Reglamento de Comedia Francesa y Mirabeau en prisión una Gramática. Así las cosas, la cultura es condición del auténtico ejercicio político, porque “Política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación” (p. 217), es lograr constituir las instituciones que consigan formar al máximum de rendimiento vital (vital, no sólo civil) a cada ciudadano (p. 219) y tal pretensión supone ideas claras sobre la situación histórica (de España, de Madrid, de México, de Santiago de Querétaro). No dejemos pues, que la utilidad domine nuestras vidas, nuestra manera de entender el mundo, las relaciones con otros, ni mucho menos la poesía, la pintura o los acordes que un niño comienza a tocar para saciar su deseo de belleza, como el indio Jesús en el jardín, que la utilidad y la rentabilidad no domine, así como la promesa de la revolución sometió la vida del indio Jesús, sólo para desarraigarlo de su manera más auténtica de vivir.

REFERENCIAS: