Por Piscila Díaz Meza.
Vivimos en una época en la que la velocidad parece haberse convertido en una medida del progreso. Esto significa producir más rápido, responder de inmediato y buscar obtener cosas en el menor tiempo posible forman parte de nuestra experiencia cotidiana. Frente a esta lógica, el trabajo artesanal nos introduce otra manera de relacionarnos con el tiempo, aquello en lo que hacer algo exige permanecer en el hacer.
Los textiles mexicanos permiten observarlo con especial claridad. El bordado a mano y el tejido en telar de cintura requieren una duración que no puede eliminarse sin transformar el propio proceso. En el telar de cintura, el cuerpo de quien teje participa directamente en la elaboración de la pieza; los hilos se tensan y se entrecruzan progresivamente hasta formar el tejido. En el bordado, una figura aparece poco a poco mediante la sucesión de puntadas (de Ávila Blomberg, 2012, pp. 127–128). El objeto terminado es, por tanto, inseparable del tiempo que tomó realizarlo.
Pero el interés filosófico de estas prácticas no consiste únicamente en que pertenezcan a una tradición. La pregunta es más profunda, ¿qué nos revela sobre nuestra manera de habitar el mundo una actividad cuyo resultado solamente puede aparecer mediante la duración?
Para pensar esta cuestión resulta especialmente fecundo acudir a José Ortega y Gasset. En El tema de nuestro tiempo, Ortega plantea que la cultura no puede separarse de la vida. La cultura no es una realidad independiente que exista por encima de la existencia concreta, sino algo que surge de la vida humana y que, a su vez, contribuye a orientarla (Ortega y Gasset, 1981, pp. 45–53).
Desde esta perspectiva, la cultura no puede reducirse a la conservación de tradiciones. Una cultura está viva porque crea, interpreta y transforma el mundo en el que vive. Recibe algo del pasado, pero también lo modifica desde sus circunstancias del presente.
El textil permite hacer visible este proceso. Quien borda o teje recibe conocimientos, materiales y técnicas que no ha creado desde cero, pero tampoco se limita a repetirlos. Los actualiza mediante su propia acción. Cada pieza es así una creación situada en un momento histórico concreto.
La cultura es, entonces, algo que se hace. Y hacer significa necesariamente entrar en relación con el tiempo.
Una de las ideas fundamentales de Ortega es que la vida humana es quehacer. Vivir no consiste simplemente en encontrarse ante una realidad ya hecha, sino en tener que hacer algo con la circunstancia que nos ha tocado vivir. La existencia humana se desarrolla mediante acciones y decisiones que van configurando nuestra vida (Ortega y Gasset, 1981).
El trabajo artesanal expresa esta condición de manera particularmente clara. El bordado y el tejido no producen inmediatamente un resultado. La pieza existe porque alguien ha permanecido en una actividad durante un tiempo. El resultado contiene, de alguna manera, ese quehacer.
En el telar de cintura esta relación resulta especialmente evidente. El cuerpo participa en la tensión de los hilos, en el movimiento y en la construcción progresiva de la tela. La herramienta no sustituye al cuerpo, sino que establece con él una relación, llegando al punto de incluso poder modificarlo, como algunos estudios de antropología física sostienen. En el bordado sucede algo semejante: cada puntada, por sí sola, parece mínima, pero la sucesión de muchas puntadas hace posible una forma y un diseño en concreto.
El tiempo no es solamente aquello que transcurre mientras se trabaja; es parte del propio hacer.
Por eso, el objeto artesanal conserva algo que la producción acelerada tiende a ocultar, su proceso. La pieza terminada permite intuir que antes de ella hubo unas manos, una técnica, una atención y una duración.
Ortega afirma “Yo soy yo y mi circunstancia”. La vida humana nunca ocurre en abstracto; siempre estamos situados en un mundo concreto, en unas condiciones históricas y materiales determinadas (Ortega y Gasset, 1981, pp. 109–115).
El textil puede entenderse precisamente como una forma de habitar esa circunstancia. Los materiales, los colores, las técnicas y las formas son tomados del mundo y transformados mediante la acción humana. El ser humano no solamente encuentra una realidad ya dada, también la configura.
Por eso, el valor cultural de un textil no reside únicamente en representar una tradición. Su importancia está también en expresar una relación entre el ser humano y el mundo. En él se encuentran la materia, el cuerpo, el conocimiento, la imaginación y el tiempo.
El textil es, en este sentido, una pequeña muestra de lo que significa crear cultura, recibir una realidad, transformarla y darle una nueva forma.
La oposición entre lo artesanal y la cultura de la inmediatez no consiste simplemente en que uno sea lento y la otra rápida. Se trata de dos maneras diferentes de comprender el tiempo.
Cuando la rapidez se convierte en el principal criterio de valor, el tiempo comienza a verse como algo que debe ahorrarse. Hacer algo en menos tiempo parece siempre mejor. Sin embargo, existen actividades cuyo sentido depende precisamente de la duración.
El bordado a mano no puede reducirse indefinidamente sin modificar su naturaleza. Lo mismo ocurre con el telar de cintura. Hay una duración propia del proceso que no constituye un obstáculo para obtener el resultado, es lo que permite que el resultado exista.
Por eso, lo artesanal resiste la prisa. No porque se niegue a cambiar ni porque pertenezca exclusivamente al pasado, sino porque conserva una relación distinta con el hacer. En él, el tiempo no es simplemente un recurso que debe administrarse; es una condición para crear.
Esto también permite comprender por qué la tradición no debe pensarse como repetición. Una técnica puede transmitirse y, al mismo tiempo, transformarse. Cada generación recibe algo y puede darle una nueva forma. El tiempo no solamente conserva, sino que también permite modificar y crear.
Los textiles mexicanos permiten pensar, finalmente, que nuestra relación con el tiempo también forma parte de la cultura que construimos. El bordado a mano y el telar de cintura muestran que crear es una actividad temporal, antes de que exista la pieza terminada, existe un proceso, un aprendizaje y un trabajo.
Frente a una cultura que constantemente pregunta cuánto puede hacerse en menos tiempo, el trabajo artesanal plantea otra posibilidad, el preguntarnos qué cosas solamente pueden llegar a ser cuando estamos dispuestos a esperar.
El valor del textil no está únicamente en aquello que vemos. Está también en el tiempo que no vemos, pero que permanece en cada puntada y en cada cruce de hilos.
Tal vez esto pueda ser lo que significa tejer el tiempo, no detenerlo, sino darle una forma que pueda permanecer.
Referencias bibliográficas
- de Ávila Blomberg, A. (2012). Las técnicas textiles y la historia cultural de los pueblos otopames. Estudios de Cultura Otopame, 8, 127–192.
- Ortega y Gasset, J. (1981). El tema de nuestro tiempo. Alianza Editorial.





