La auténtica política. Una perspectiva historiosófica

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Por Fidencio Aguilar Víquez.

 

Si nos preguntamos para qué y cómo nació la política necesitamos mirar hacia la historia, hacia los momentos en que las comunidades humanas dieron el paso de la ley del más fuerte a las bases del derecho. Se trata de identificar, ubicar y esclarecer el tránsito de la barbarie a la civilización o, en otros términos, al comienzo de lo propiamente humano en la vida colectiva. Esto es clave porque nos permite situar que la política y lo humano son indisociables. La política nació para humanizar.

Ahora bien, lo propiamente humano es la capacidad no sólo para pensar y resolver los problemas usando esa luz del pensamiento.  La política nació cuando, para resolver los problemas, en vez del garrote (la ley de la selva), se utilizó, en primer lugar, la palabra para convencer al interlocutor sobre cómo resolver los problemas comunes: lograr alimento y supervivencia, evitar peligros. Esa palabra —logos— buscaba dar razones para elegir una vía en vez de otra, la mejor vía. Política es dar razones.

Imaginemos esos tiempos remotos donde los problemas se resolvían por la fuerza. Hasta que un día, en vez del garrote, acaeció que dos personas, dos líderes o dos grupos, en vez de lanzar el garrote como primera acción, decidieron sentarse a hablar, a dialogar, sobre cómo solucionar los problemas que afectaban a ambos. Eso pasó en algún momento de la historia de los pueblos para dar origen a la vía política como solución de los conflictos y problemas colectivos. Política es abrir el diálogo.

Este es el primer dato de lo político: dejar la ley del garrote para establecer el derecho. Mejor dicho, la política busca resolver los problemas colectivos por la vía del derecho. Los problemas que se resolvían por la ley del garrote, con la política se pretenden resolver por la justicia, la paz y el bien común, esto es, la vía civilizada. Civil deriva de cives, ciudadano, y antes de polis, ciudad. La política tiene que ver con los ciudadanos en la ciudad, con la vida comunitaria. Política es resolver problemas con el derecho.

Así, pues, la política nació para resolver problemas de forma racional, con diálogo y con el derecho. Los griegos le dieron ese carácter racional a la dinámica del ciudadano —polités— y la ciudad —polis—. Los romanos tradujeron ese ideal en la fuerza del derecho —jus, juris, justitia—. La política en tal horizonte se tradujo como la búsqueda del bien común vía la justicia y el derecho, que es lo mismo que decir: por la razón y la justicia. Tales son los ideales de la vida civilizada y de la política hasta nuestros días.

Pero la política práctica parece ser otra cosa: búsqueda del poder en vez del bien común, y todo lo que ello supone: corrupción, impunidad, violencia, injusticias, intereses de grupo o personales. No es la razón lo que parece prevalecer, sino la voluntad de poder. La real politik está lejos de los ideales. Estos sólo son eso: buenas ideas sin eficacia en la realidad. En otros términos, la política no es razón, sino poder y sólo el poder es eficaz. La política parece ser la dinámica del poder sobre la razón.

Pero, ¿realmente esto es así? ¿Puede un político presentarse ante su comunidad y decir: “Sólo busco el poder y no me interesa otra cosa”? Si así fuese, pensamos, ni siquiera sería eficaz electoralmente. Esto significa que el político requiere, cuando menos, ofrecer algo razonable para justificar que quiere el poder político. No se busca el poder por el poder mismo, siempre es necesario, al menos, disfrazarlo de razones, de justicia, de bien común, de paz. La búsqueda del poder requiere de razones.

Aquí es donde el binomio razón-poder cobra relevancia. En otras palabras: lo político como lo ideal y la política como la búsqueda del poder entran en una dinámica paradójica. Sin el poder, lo racional de lo político se quedaría en el mundo ideal; sin la razón, la búsqueda del poder no tiene legitimidad y nos introduce en la ley de la selva. Sin la razón, el poder nos regresa a la vida antipolítica: la ley del garrote y la barbarie. De ahí que la misma política como búsqueda del poder necesita de la razón.

Sin la razón no es posible el estado de derecho ni la política misma. Pero para que esto no se quede en el mero mundo ideal, es necesario el poder. El poder es la capacidad de que algo ocurra. Pero el poder tiene como límite lo razonable, lo racional y la razón misma como resguardo de lo humano. Si la política, como cuando nació, hace posible lo humano, es decir, lo contrario de la barbarie, cumple con su cometido originario: resolver los problemas con la palabra, el diálogo y la razón. Así lo humano pervive.

¿Qué aporta el cristianismo y los cristianos, a todo esto? Las palabras del Señor: “Dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21), dan una pauta relevante. Hay que colaborar con las autoridades civiles en todo lo que promueva el bien común, la justicia y la paz, pero hay que “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5, 29). El Estado no abarca la totalidad de los anhelos de la persona y logra su cometido cuando respeta la dignidad humana y la conciencia de las personas.[1]

El papa León XIV ha planteado custodiar lo humano en la presente transformación de nuestros días, con el mundo digital y la Inteligencia artificial, y así construir la civilización del amor.[2] La premisa es la misma que en la tradición histórica y filosófica clásica: la construcción y el resguardo de lo humano. La política no es ajena a este cometido. La acción de los políticos tampoco. Los políticos cristianos están llamados a ser esa conciencia crítica y moral del poder que ellos mismos puedan detentar.

 


 

[1] Cf. J. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política, BAC, Madrid 1987, pp. 183-198.

[2] Cf. León XIV, Magnifica humanitas, capítulos IV y V.

Asistimos al periodo de consolidación de un nuevo régimen en nuestro país. Tal régimen comenzó con la administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2018. Si previamente había dudas de que pudiera ser un régimen autocrático en camino a la demolición de la democracia clásica liberal (pluralidad, división de poderes, Estado de derecho y rendición de cuentas), hoy se han disipado. Con mayoría calificada en el Congreso de la Unión, tal régimen ejecuta el “Plan C”1 formulado por el expresidente unos meses antes de terminar su mandato.

El Nuevo régimen en México: Dinámica social y política

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