Por Jimena Hernández López.
En esta reseña propongo una lectura de Gravissimum Educationis 1965–2025: A 60 años de un documento fundante (Centro de Investigación Social Avanzada, 2025), obra que compilé junto con Patricia Imbarack Dagach y Sergio Salas Fernández, fruto del trabajo conjunto del CISAV con la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad San Sebastián, y que está disponible para libre descarga y distribución. [1]
Es un volumen colectivo de veinte capítulos, con autores de ocho países, que releen la declaración conciliar sobre la educación cristiana que Pablo VI promulgó el 28 de octubre de 1965. No lo pensamos como un homenaje. Quisimos que fuera una lectura de la realidad educativa antes que un comentario del documento, y por eso me interesa presentarlo aquí: es la misma tarea que ocupa a este Observatorio. Me detengo en lo que toca de cerca a la mirada socioantropológica y dejo fuera, por espacio, los capítulos de teología y de estética litúrgica.
La primera recorre todo el libro y se refiere a la idea de persona. Giampiero Aquila sostiene que la modernidad prometió liberar al individuo y se quedó a mitad del camino: en lugar de personas maduras produjo individuos encerrados en sí mismos, que no reconocen cuánto dependen de los demás (p. 26). Frente a eso propone una antropología de la dependencia, donde aceptar los propios límites es lo que impide encerrarse en uno mismo. Sergio Salas e Ignacio Hüe lo dicen con una imagen feliz: educar es un segundo nacimiento, porque nadie viene al mundo terminado (p. 206). Detrás de cada política educativa hay una idea del ser humano, y reconocerla es el primer paso de cualquier discernimiento.
El capítulo de Juan Martín López-Calva, de la UPAEP, es de los más aterrizados: convierte la reflexión en una herramienta que puede usarse. Siguiendo a Lonergan, recuerda que pensar sin actuar no sirve de nada y actuar sin pensar es caminar a ciegas (p. 126). De su esquema surgen cuatro preguntas que ayudan a leer una realidad local: qué idea del ser humano promueve hoy la sociedad, qué conocimiento se impone y cuál queda fuera, qué idea de vida buena se enseña en las familias y las escuelas, y qué modelo de sociedad prevalece.
El libro mira a la familia como actor social y no como asunto privado. Juan Pablo Faúndez la llama sujeto cultural primario y describe cómo, desde mediados del siglo XX, el Estado la fue desplazando en las decisiones educativas. Maite Cereceda y Rodrigo Figueroa observan que las pantallas van ocupando el lugar de los padres, con una causa de fondo: las condiciones de trabajo obligan cada vez más a que uno o los dos falten de casa durante jornadas largas. Conciliar familia y trabajo aparece así menos como moral doméstica que como cuestión de justicia social.
El capítulo de Marcelo Bartolini es el más cercano a la realidad mexicana. Junto a las cifras del período —el analfabetismo bajó del 37.8% en 1960 al 4.7%; las escuelas privadas atienden apenas al 16% de los 34.8 millones de alumnos—, sus dos hallazgos más finos están en otra parte. El primero es una ausencia: no hay registros públicos que indiquen cuántos colegios confesionales funcionan en el país, de qué tipo ni con cuántos alumnos (p. 38). El segundo, un desplazamiento de acento en los libros de texto gratuitos del ciclo 2023-2024, que reconocen la pluralidad religiosa de los pueblos originarios pero la atenúan al tratar las tradiciones llegadas con la conquista, presentadas como colonialismo cultural.
El retrato de los jóvenes es sobrio. Francisco Borba distingue una sociedad del cansancio para los adultos y una de la ansiedad para los jóvenes; su observación más incómoda es que, para muchos jóvenes de clase media y alta, estudiar parece un peaje para entrar en la vida adulta más que una ayuda real (p. 180). Patricia Imbarack añade el dato eclesial: junto al alejamiento de los jóvenes se ha extendido la pérdida de valor de la mediación eclesial para vivir la fe. Imbarack ofrece además una clasificación útil de los colegios de inspiración católica: los de identidad difusa, indistinguibles de los laicos por recortar su propuesta para sostenerse en el mercado; los de identidad hipotecada, que redujeron lo católico a la catequesis hasta volverse burbujas; y los de identidad orgánica, que impregna toda la vida de la escuela.
No todo queda resuelto. Rodrigo Mardones advierte que la Iglesia, siendo uno de los mayores sostenedores de escuelas del mundo, no ha producido aún un texto sistemático sobre educación ciudadana, algo relevante ante el retroceso de las democracias. El propio volumen pide continuación, pues pesa más la reflexión de principios que el análisis de datos y la mirada del Cono Sur es la más presente; la educación intercultural, el crimen organizado en el entorno escolar o el abandono escolar en el campo quedan por explorar desde México. Queda también un pendiente mayor: leer la Gravissimum Educationis ante los retos tecnológicos y las realidades virtuales, que hoy definen buena parte del entorno en que crecen las nuevas generaciones.
Cierro donde empecé. El valor de estas páginas está menos en las respuestas que cierran que en las preguntas que abren, y en la diversidad de voces —de personas que trabajan en instituciones católicas a lo largo del continente— que las formula. Preguntas sobre qué persona formamos, para qué sociedad y desde qué fe, que conviene no soltar demasiado pronto.
[1] https://cisav.mx/investigacion/





