Por Dr. Fidencio Aguilar Víquez y Mtra. Nuria Melani Mendizábal Chacón.
Todo problema exige solución. Las problemáticas que enfrenta México no son la excepción. Para encontrar soluciones es preciso mirar al bien común que es la forma más realista y concreta de estar juntos.
Los gestos y pequeñas acciones que apuntan al bien común casi no se ven y hasta sorprenden cuando irrumpen en la realidad como algo extraordinario. Durante el terremoto de 2017 en la Ciudad de México, la forma en que se manifestó la solidaridad y la ayuda entre desconocidos conmovió al mundo. Un columnista escribía unos días después: “La solidaridad de los mexicanos con los mexicanos ha vuelto a manifestarse, y se muestra perfectamente capaz de trabajar al lado de la autoridad… El país posee una reserva de fortalezas, morales y materiales, que no son patrimonio de nadie en particular, sino de todos.”
Desafortunadamente, esos gestos y acciones brotan en casos extraordinarios, pero se esconden en la vida cotidiana, como si ese vínculo social se rompiera. En México, tristemente esta segunda actitud se normaliza en lo cotidiano con la indiferencia, la insolidaridad y la indolencia ante los problemas y ante quienes padecen sus consecuencias. Desde luego, también existe la inquietud por reparar esa convivencia rota. Pertenecer a un pueblo e identificarse con su cultura son formas de vitalizar ese vínculo roto y de mirar el bien común.
Para lograr lo anterior es necesario animar aquellas iniciativas que favorezcan una conciencia histórica como un factor fundamental de la construcción de la identidad, tanto de la persona como de los pueblos. La conciencia histórica es vital porque dota de dimensión crítica frente a las distintas reducciones en la comprensión del tiempo, del presente y de la memoria.
Considerando lo anterior, existen entre otros, dos aspectos de la vida moderna que impiden esta conciencia histórica. El primero tiene que ver con la disponibilidad de la información en la red, que se orienta a recoger y ordenar inmensas cantidades de datos basados en el cálculo de probabilidades, pero que no ofrece hipótesis de comprensión o explicación de los dramas y desafíos que enfrenta la humanidad. Esa inmediatez de la información favorece una actitud de pérdida del sentido de la historia y una reducción de la experiencia al instante fugaz.
El otro aspecto es el de la economía globalizada que favorece un único modelo cultural masificado, en el que los poderes fuertes se consolidan y protegen sus propios intereses a expensas de las culturas más débiles. Se pierde el sentido de la historia porque prevalecen los dinamismos de homologación como el consumismo y el descarte; aparecen entonces los muros, el aislamiento y una cultura vacía, volcada sobre lo inmediato y donde no hay un proyecto común.
Caminar hacia un bien compartido implica que el principio de solidaridad se encarna, irrumpe en el aquí y ahora. La solidaridad no sólo fortalece el vínculo intersubjetivo entre las personas, sino que también es el eje fundamental de la relación entre los pueblos hacia dentro y hacia fuera. El principio de la solidaridad resulta tan crucial que en algunas constituciones políticas se ha plasmado reconociendo de manera tácita que su alcance va más allá de lo económico; porque la solidaridad no es sino la consecuencia práctica de un pasado común, construido con las aportaciones de todos y las exigencias de un proyecto colectivo lanzado hacia el futuro.
Sin embargo, para construir ese proyecto es necesario mirar la fuerza vital de la sociedad, es decir, la capacidad de todos los miembros de una comunidad de participar libre y responsablemente en la construcción del bien común. Esa fuerza vital se llama subsidiariedad. El dinamismo de esa vitalidad de la sociedad se expresa en los ámbitos de la familia, la escuela, el trabajo, los espacios públicos y la política. El Estado no puede obstaculizar ese dinamismo ni mucho menos absorberlo. Cuando uno de esos ámbitos no puede cumplir su cometido, el Estado ha de intervenir sólo para restituir su vitalidad. Sin subsidiariedad, la solidaridad corre el riesgo de volverse clientelismo o paternalismo y se anula a la sociedad. Sin solidaridad, la subsidiariedad se vuelve interés de grupo o personal.
Con el binomio solidaridad-subsidiariedad se abre el horizonte del bien común, uno de cuyos rostros es la justicia social. Ésta se entiende como la capacidad que tiene un orden social, económico y político de permitir a todos —especialmente a los más vulnerables— vivir de manera realmente humana, sin que nadie “se quede atrás”. Esto supone mirar a “los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales.”[1]
Las grandes injusticias que padecemos, no sólo en el país, sino en la región y en el globo, son de tal magnitud que con frecuencia rebasan decisiones personales y se vuelven estructurales, con impactos en la dinámica política, económica, social y cultural. Sus efectos son la desigualdad y la miseria casi por inercia. Ante ello se requiere de una conversión personal y social, a fin de restablecer vínculos rotos y resarcir los daños infligidos a personas e incluso pueblos.[2] La conciencia cristiana en esto puede aportar mucho: La justicia social es la forma de seguir a Jesús.
[1] León XIV, Magnifica humanitas, nn. 77-78.
[2] Ib., n. 79.





