Por Cristóbal Barreto.
El fin del poder, libro de Moisés Naím, marcó una lectura del ejercicio del poder político hasta principios del siglo XXI. La incapacidad de algunos gobernantes poderosos que no podían cumplir sus caprichos ni deseos, ejércitos bien armados que eran derrotados por guerrillas tribales, monarcas que eran llevados ante la justicia y un Papa que renunciaba al cargo. Esos resultados, explica el autor, hablan de una práctica del poder donde había de limitaciones, reglas, autocontención, instituciones de contrapeso, principios. Posteriormente, surgió una corriente de personajes carismáticos, outsider, políticos elegidos con amplia legitimidad y personajes poderosos, que vinieron a cobrar venganza por lo que sucedió a aquellos, fue La revancha de los poderosos, dice Naím.
Las restricciones a los hombres de poder a través de leyes, instituciones y autocontención por principios fueron diques que marcaron una forma de hacer y conducirse; pero después vinieron otros modos y actuaciones donde las limitaciones son para brincarse, desconocer instituciones y descalificar personas de reconocida reputación. Dos tiempos, dos formas de ejercer la función de poder. El primero corresponde a los momentos de respeto y reconocimiento a las reglas de la democracia liberal, y el segundo al que los autócratas toman decisiones amparados en sus propios criterios y estado anímico, no mirando en lo que más le conviene a la población y mucho menos al bien común.
Para Giuliano da Empoli, el segundo grupo de actores, algunos de ellos gobiernan en la actualidad, son seres humanos depredadores, que se caracterizan por su popularidad, provocan polarización política, sacan ventaja de las crisis, se muestran empático con causas populares. A estos personajes se suman, los estrategas del caos y los magnates tecnológicos. A ninguno le gustan las reglas, a los políticos porque le estorban para su ejercicio; a los estrategas del caos porque les impide hacer sus campañas difamatorias, posicionar sus ideas de conspiración, sembrar miedo; a los magnates tecnológicos porque los limita avanzar en el desarrollo e implementación de programas que atentan contra la dignidad humana y los derechos de las personas. Éstos prefieren la improvisación, la anarquía, porque dentro de ellas se mueven con facilidad. “La política contemporánea ya no es un juego institucional, sino una lucha abierta donde domina quien mejor explota el caos”.
En valoración de da Empoli, “hemos entrado a una nueva fase histórica en la que el poder ya no está regido por reglas democráticas estables, sino por actores depredadores”. Dichos actores operan sin límites claros, aprovechando la crisis de la democracia liberal y el desorden global. Vladimir Putin invadiendo Ucrania, desconociendo soberanías y desoyendo los llamados de los organismos internacionales; acción semejante hicieron Benjamín Netanyahu en Gaza, territorio de Palestina, Xi Jinping amenazando invadir Taiwán si no renuncia a su soberanía, Donald Trump capturando a Nicolás Maduro quien era presidente de Venezuela y, juntos Trump y Netanyahu atacando militarmente Irán. Los acuerdos de la posguerra que se tradujeron en derechos, reglas e instituciones no son respetados por los autócratas.
La democracia, leyes, instituciones, libertades ciudadanas, derechos humanos, reglas para el ejercicio gubernamental y de acceso al poder, ya no es un marco de respeto que restringe al poderoso. Para los depredadores, la democracia dificulta el cumplimiento de su idea de justicia, de creación de fuentes de empleo, de atender la pobreza, de mejorar la calidad de vida, de castigar a los integrantes de la “mafia del poder”, del “estado profundo”, de la “casta”.
Bajo esta valoración de cambios significativos, la disputa por el poder enfrenta tres transformaciones fundamentales que modifican la competencia para su acceso: la digitalización del conflicto político, el acceso de líderes disruptivos y fusión entre tecnología y poder. El internet no solo es acceso a la red, es el uso de las plataformas para comunicar ideas, promocionar campañas, conocer los estados de ánimo de los electores, moldear el humor social y, por supuesto, provocar miedo, odio, historias de conspiración. Se potencia el alcance del mensaje, de la imagen y se modelan demandas, necesidades, simpatías y antipatías.
Si bien es cierto que el conflicto político está en la calle, en el sindicato, en la universidad, en el interior de un partido político o de una institución en general, también lo es que éste se agranda cuando llega a las redes sociales. Cuando el conflicto lo hacen propio los usuarios, cuando se metan a él lo hacen crecer, cuando le aumentan el calor, deja de ser de los involucrados directos para formar parte de una comunidad que opina, que participa, que califica, que evalúa, que sanciona. En la digitalización del conflicto político, las reglas tradicionales desaparecen, surge una guerra sin control (Somalia digital, donde mandan actores sin control). Además, la digitalización revoluciona el conflicto, lo polariza, lo transforma y en ocasiones logra que las personas se movilicen físicamente.
Políticos como Nayib Bukele, Javier Milei, Jair Bolsonaro o Donald Trump, son los típicos outsider que brincaron a política de otros espacios de desempeño y que movilizaron al electorado al grado que lograron triunfar. Estos personajes no necesariamente se distinguen por su conocimiento, cualidades negociadores o capacidades para dirigir un proyecto, sino por su histrionismo, por su capacidad de comunicar ideas simples, por no tener miedo al ridículo. La política del presente, frente al cansancio de lo formal y de cierto hartazgo del electorado, da entrada a actores distintos a los del pasado, que se distinguían por modales, ciertas cualidades y formalidades.
La fusión entre tecnología y poder es el paso de los tecnólogos a disputar el poder político, ya no solo a influir en los gobernantes. En las campañas electores, éstos pueden intervenir directamente a favor o en contra de un candidato o intervenir en los debates electorales, los mejores ejemplos son las participaciones de Elon Musk y Jeff Bezos en la campaña presidencial de 2024 en Estados Unidos en favor de Donald Trump.
La política, en la forma de acceso al poder o en función del ejercicio gubernamental, en valoración de da Empoli, no es heroica, ni completamente estratégica, es más bien absurda, improvisada y caótica. Por lo que los actores depredadores actúan rápido, aprovechan las crisis, desprecian las reglas institucionales y buscan maximizar el caos para ganar poder. Este es un cambio radical, que por la forma de concebirla y ejercerla por los actores se distingue claramente de cómo era antes. En el pasado las reglas y las instituciones se respetaban, ahora no. Después del cambio del poder se presenta un nuevo ecosistema, que vulnera derechos, desconoce límites y de poca autocontención.
Referencias
Da Empoli, Giuliano (2025), La hora de los depredadores, Barcelona, Seix Barral.
Naím, Moisés (2017), El fin del poder, México, Debolsillo.
Naím, Moisés (2022), La revancha de los poderosos, México, Debate.




