La inteligencia que no piensa

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La inteligencia que no piensa: por qué la inteligencia artificial no es inteligente y por qué la filosofía de la educación es indispensable para su conducción.

Por José Miguel Ángeles de León

 

La expansión acelerada de la llamada inteligencia artificial (IA) ha generado una fascinación hipnótica: máquinas que escriben, diagnostican, recomiendan, traducen, conducen vehículos y parecen, al menos superficialmente, pensar. Sin embargo, esta apariencia de inteligencia ha producido una confusión conceptual de gran calado: la identificación entre la capacidad de procesamiento de información y el acto inteligente. El presente ensayo sostiene dos tesis fundamentales: la inteligencia artificial no es, en sentido propio, inteligente; precisamente por ello, la filosofía de la educación resulta indispensable para su conducción, orientación y uso responsable en la vida personal, social y política.

La cuestión que aquí abordamos no es meramente técnica, sino, fundamentalmente, antropológica, gnoseológica y educativa. Lo que está en juego no es qué tan potentes sean las máquinas, sino qué entendemos por inteligencia, por aprendizaje y por formación humana.

La inteligencia humana no se reduce a la capacidad de resolver problemas ni a la eficiencia en el manejo de información. Desde Aristóteles hasta la fenomenología contemporánea, la inteligencia ha sido entendida como acto intencional, es decir, como una operación que dirige el acto de ser la inteligencia (la intelección) a “las cosas mismas”.

La IA, desde luego, no posee intencionalidad y su funcionamiento consiste, fundamentalmente, en el procesamiento estadístico de datos (principalmente de la llamada “big data”), en el reconocimiento de patrones y en la optimización de funciones definidas externamente por un programador. Por esta razón, en las IA.AA. no hay comprensión, ni interpretación; sólo correlación de datos; tampoco hay juicios, sino cálculo de probabilidades. No hay sentido, solo un horizonte de posibilidades a partir del cálculo estadístico de información. Inclusive, cuando una IA “responde bien”, no lo hace porque comprenda o aprehenda la realidad, sino porque ha sido entrenada para reproducir configuraciones lingüísticas o conductuales que, estadísticamente, suelen funcionar. La diferencia es radical: la inteligencia humana conoce, las II. AA, simulan y emulan.

Otro rasgo esencial de la inteligencia humana es su vínculo con la interioridad; pues pensar implica una experiencia vivida, que es la causa de que los humanos poseamos afectividad, memoria personal, corporeidad, historia, etc. La inteligencia humana está encarnada: piensa alguien, no algo. Y tal alguien también implica una singularidad, que es irrepetible e insustituible. Por su parte, la IA carece de experiencia, por lo que no “padece” la conciencia (no “se da cuenta” de que “se da cuenta”), y, por ende, no se percata ni del tiempo, ni del espacio; y por su propia condición, carece de afectos, de responsabilidad moral, y biografía. Además de que al solo ejecutar funciones previamente programadas (eso sí, por una persona) de ellas no podemos implicar que sean singulares; por lo que son repetibles y descartables. De hecho, una IA para que verdaderamente sea funcional depende de que sea descartable; que es lo propio del feedback. El feedback es lo que perfecciona una IA, a partir de la experiencia del usuario que es transmitida al programador.

Una IA no recuerda, almacena datos; tampoco aprende, ajusta parámetros a partir del reconocimiento de patrones estadísticos. Tampoco decide, ejecuta según la intención de su usuario.

Por ello, atribuirle verdadera inteligencia a las II. AA. no solo es un error nominal, sino una proyección antropomórfica que empobrece nuestra propia comprensión de la persona humana. Cuanto más llamamos “inteligente” a la máquina, más rebajamos el significado de la inteligencia humana.

El problema no es que las II.AA. existan, sino que redefinan los criterios de aprendizaje a partir de su uso acrítico. En muchos contextos educativos comienza a imponerse una lógica de rapidez, eficiencia, respuesta correcta y de negación de la importancia de tener información porque “eso lo resuelve la IA”. Pero educar no es producir resultados, sino formar personas introduciéndolas en la realidad. La educación, en este sentido, no se agota en la adquisición de competencias para ejecutar funciones, sino que implica cultivar el juicio y formar el criterio para poder tener capacidad de discernimiento, lo que implica una apertura a la realidad, que es desde donde se forma el carácter y se orientan los deseos.

La IA puede asistir procesos educativos, pero no puede educar, porque no participa del acto educativo fundamental: el encuentro entre libertades, donde alguien introduce a otro en el sentido de la realidad.

Aquí emerge el papel irremplazable de la filosofía realista de la educación. Su tarea no es técnica, sino crítica y normativa. Frente al avance de la IA, la filosofía realista de la educación debe responder preguntas que la técnica no puede formular, v.g.: ¿Qué es aprender?, ¿Qué significa comprender?, ¿Para qué educamos?, ¿Qué no puede delegarse jamás a una máquina?

La filosofía de la educación también nos recuerda que toda inteligencia es relacional, que el conocimiento implica verdad y que la educación es, fundamentalmente, una práctica moral, además de que la técnica debe estar subordinada a fines humanos. Las II.AA. son un artilugio más, un medio; no un fin. Y su uso siempre será según la intención humana.

Sin este horizonte, la IA corre el riesgo de convertirse en un dispositivo de deseducación, habituando a la pasividad intelectual, a la dependencia cognitiva y a la renuncia al esfuerzo reflexivo. Por esta razón, las II. AA. no necesitan educación; quienes la usan (siempre personas humanas), sí. La cuestión central no es “cómo hacer una IA más inteligente”, sino cómo formar sujetos capaces de usarla sin que ella los sustituya.

Esto implica educar en el sentido de aprehensión de la realidad (propiamente la inteligencia), para que sea posible distinguir entre información y verdad. Así también es preciso formar en responsabilidad ética, para lograr recuperar el valor de la paciencia, la lentitud y la contemplación, para resistir la reducción del saber a utilidad inmediata. La filosofía de la educación no se opone a la IA; se opone a su absolutización. La integra, la delimita y la orienta.

La inteligencia artificial no es inteligente porque no conoce, no comprende, no juzga ni se responsabiliza. Es una herramienta poderosa, pero ontológicamente distinta del acto humano de pensar. Confundir ambas cosas conduce a una crisis educativa silenciosa, donde la formación se diluye en automatización.

Solo una filosofía de la educación sólida —realista, antropológica y moral— puede conducir el uso de la IA sin traicionar la dignidad de la persona. En última instancia, la pregunta decisiva no es qué tan inteligentes serán las máquinas, sino si las personas humanas seguiremos queriendo pensar.

 

 

Asistimos al periodo de consolidación de un nuevo régimen en nuestro país. Tal régimen comenzó con la administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2018. Si previamente había dudas de que pudiera ser un régimen autocrático en camino a la demolición de la democracia clásica liberal (pluralidad, división de poderes, Estado de derecho y rendición de cuentas), hoy se han disipado. Con mayoría calificada en el Congreso de la Unión, tal régimen ejecuta el “Plan C”1 formulado por el expresidente unos meses antes de terminar su mandato.

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