Autor: Nuria Mendizabal Chacon.
Esta no es una pregunta ingenua sino honesta sobre lo que el presente pide. Desear la paz y trabajar por ella, soñar con un país menos desigual y ensuciarse las manos para que la justicia social deje de ser sólo un recurso ideológico y se convierta en realidad; eso es querer cambiar el mundo.
A fin de entender el momento en el que estamos, vale la pena la lectura de Movimientos sociales del siglo XXI de Geoffrey Pleyers, quien hace un recuento de las dos primeras décadas de nuestro siglo para saber en qué medida estas ganas de cambiar el mundo siguen despiertas en algunos, cómo se expresan y cuáles pueden ser sus alcances.
La aspiración de un futuro más próspero y en paz se ancló en la justicia social, luego de la segunda guerra mundial. A partir de entonces los países se enfocaron en generar sistemas que, articulados principalmente desde la dignificación del trabajo, mejoraron la calidad de vida de todas las personas. Así, el Estado de bienestar procuró de manera institucional trabajo, salud, educación y seguridad social para su población.
Sin embargo, bajo la nueva óptica neoliberal, el trabajo se convirtió en el blanco fundamental a partir del cual desmontar ese Estado social de derecho. La flexibilización laboral trajo consigo la precarización del trabajo, lo que con el pasar de las décadas se tradujo en un estado donde la constante fue la inseguridad en torno a la subsistencia material de la gente. La era de la globalización y la liberalización de la economía dieron paso a “la ruptura del compromiso de clase”, lo que socavó en ciertos sectores la confianza de ser considerados dentro del anhelado progreso material (Przeworski, 2022).
Guy Standing se refiere a este fenómeno como la creación de un precariado global, que conforma una nueva clase social, pero no del modo en el que lo fue el proletariado; pues se trata de un grupo que no es homogéneo y que está desprovisto de identidad. Dice Standing que el precariado no conforma una comunidad laboral solidaria. Quienes lo integran tienen que moverse en el terreno de la informalidad y ello favorece que sean objeto de la alienación e instrumentalización política (Standing, 2011).
Sin embargo, Geoffrey Pleyers afirma que pese a la aparente atomización de esta nueva clase social precaria, la crisis financiera y económica de 2007-2008 avivó una serie de protestas en contra de la creciente desigualdad y varios movimientos mostraron su oposición a los efectos de la globalización y el neoliberalismo. Pleyers indica que desde 2011 se comenzaron a observar movilizaciones masivas de ciudadanos de distintos países reclamando más democracia. Es interesante la puntualización que realiza el autor sobre este nuevo activismo, pues si bien, hereda el espíritu contestatario de los del pasado, su manifestación se dio a partir de nuevas formas (Pleyers, 2018).
Esta nueva generación de activistas se puso en movimiento para cambiar el mundo utilizando nuevas herramientas: experiencias de vida, híper-conectividad, demandas de una vida más digna y de un mundo más equitativo. Vale la pena detallar en qué consistió esta nueva expresión de movimientos sociales menos ceñidos a ataduras organizacionales y más espontáneos. Pleyers les denomina movimientos que forman parte de la cultura “alter-activista”.
Explica el reconocido sociólogo que esta cultura se caracteriza por un rechazo hacia modelos dominantes de la sociedad del consumo o de las organizaciones clásicas de la sociedad civil. Ello porque no es solamente un deseo de cambiar la sociedad, sino que, en este caso, el activista se construye como una persona transformando la sociedad. Resulta interesante que Pleyers deslinda esta nueva personalidad activista de un mero individualismo; en cambio lo considera como una forma de compromiso altamente personalizado pero muy solidario (Pleyers, 2018).
Otro aspecto destacable es el retorno a las reivindicaciones económicas de justicia social y de oposición a la desigualdad, pero sin prescindir de las luchas por el reconocimiento de identidades y de celebración de la diversidad, como lo muestra el caso de los indígenas zapatistas en Chiapas, considerado a menudo como la primera revuelta de este tipo (Pleyers, 2018).
A partir de la primera década del siglo XXI, el mundo sería testigo de la movilización de las masas en demanda de una vida digna. El 15 de mayo de 2011 arrancó el “movimiento de los indignados” (15M) en España que mostró una enorme capacidad propositiva. Hubo asambleas cuyo fruto fueron propuestas sobre corrupción, educación, salud, políticas sociales, vivienda, participación política, al mismo tiempo que hacía un duro reclamo a la clase política que no sabe gestionar y “No nos representan”, decían en sus pancartas. Un grupo llamado Juventud sin Futuro dio voz de combate a toda una generación castigada por las crisis financieras (Castaño, 2021).
El movimiento 15M español sirvió de caja de resonancias de lo que se vivía a nivel internacional, pues la falta de justicia social derivada de la lógica del capitalismo contemporáneo atraviesa el globo. Así lo muestran las primaveras árabes, las protestas estudiantiles en Reino Unido y las movilizaciones anti-austeridad en Grecia. Después en Estados Unidos nace Occupy Wall Street y en Francia el efecto alter-activista se amplificó hasta 2016 con el surgimiento de Nuit Debout (Castaño, 2021).
Aunque estas experiencias tuvieron resultados diversos, su irrupción en las realidades nacionales y en el mundo marcaron un parteaguas. Pero su valoración debe ser amplia y comprehensiva, ya que, ante el recrudecimiento actual del autoritarismo y el debilitamiento de la democracia, podría pensarse que esas experiencias no fueron lo suficientemente significativas. Sin embargo, sí hubo un legado de aquellos ejercicios ciudadanos, pues se pusieron en marcha prácticas para “vivir” y “experimentar” la democracia, reinventar modalidades de participación directa y mecanismos para la toma de decisiones colectivas.
En estos momentos en los que la lucha por el poder económico y político pareciera tener la última palabra ¿en dónde podría residir un contrapeso que llevara al mundo a un mejor destino? Es oportuno recuperar la experiencia de esas nuevas formas de activismo a inicios del siglo XXI, volver a un diálogo social amplio en el que se hagan valer la justicia social, la dignidad, los derechos. Es oportuno replantear que tales aspectos son oponibles al Estado y también al mercado. Parecería utópico si no es porque ya ha sucedido en la historia. Las experiencias en las plazas públicas “marcan a cada uno de sus participantes mucho más allá de la duración del propio evento, refuerzan la tendencia a renovar la participación en movilizaciones políticas y pueden transformar considerablemente y a largo plazo la identidad social y los valores políticos de sus participantes” (Pleyers, 2018).
Estas reflexiones son muy útiles tanto a nivel global como en contextos nacionales. Más aun ahora que nuestras sociedades están envueltas en un clima de polarización que hace tiempo no se veía. En algunos casos como México o Estados Unidos, los valores políticos de los ciudadanos se hacen ver como irreconciliables, y precisamente esta incapacidad de encontrar los puntos en común, disuelven las posibilidades de hacer del encuentro entre los ciudadanos, una experiencia democrática. El desafío de cambiar el mundo parece mayor. Para salir de la trampa de la división, de la polarización es necesario entrar realmente en la realidad y romper los prejuicios respecto de los que se perciben como contrarios. Es un proceso que requiere tiempo y paciencia, pero sobre todo educación.
Es necesario llevar el diálogo a los suburbios y a las periferias para integrar a todos, especialmente a aquellos que por su misma situación económica siempre quedan al margen y cuyo número ha crecido en las últimas décadas. De esta forma, se activa un mecanismo renovador de las causas, y es la realidad y no los prejuicios, quien puede sacar a la luz los verdaderos problemas que existen y sobre los que hay que trabajar unidos. Se requiere una mirada en la que los movimientos sociales no olviden su sustrato popular, a fin de que puedan ver las cosas nuevas desde la periferia y su actuar no se reduzca sólo a protestar, sino, sobre todo a buscar soluciones. Para cambiar el mundo hoy, es necesario educar el deseo profundo de mejores formas de vivir en medio de una sociedad dominada por sistemas injustos. Esto implica que existan lugares en los que se pase del discurso a una acción concreta, local, cercana porque de otra forma el ciudadano de cualquier rincón del mundo es rebasado por la impotencia y ante la “globalización de la impotencia”, se debe comenzar a oponer una “cultura de la reconciliación y del compromiso” (León XIV, 2025).
Referencias bibliográficas
Castaño, P. (2021). El movimiento 15-M en 7 claves, una década después. Revista Contextos. Madrid. ISSN 2990-2649. Fundación Contexto y Acción. https://ctxt.es/es/20210501/Firmas/35980/15m-sol-aniversario-sol-acampada-podemos.htm
León XIV. (23 de octubre de 2025). Discurso a los participantes en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares. Sitio oficial de la Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/october/documents/20251023-movimenti-popolari.html
Pleyers, G. (2018). Movimientos sociales del siglo XXI. Buenos Aires. CLACSO. Pp. 27-30.
Prezeworski, A. (2022). Las crisis de la democracia, México. Siglo XXI editores. P 125.
Standing, G. (2011). El Precariado. La nueva clase peligrosa. Nueva York. Bloomsbury Academic. Pp. 8-9, 12.




