El pueblo mexicano, sin duda, tiene expectativas muy altas de la visita papal. Digamos, y lo digo también desde un punto de vista personal, que se percibe una fortísima necesidad de la venida de Francisco. Se trata, a mi juicio, de la puesta en práctica de dos dimensiones generadas por anteriores visitas papales a nuestro País. Me explico: mientras que en las visitas anteriores –las de Juan Pablo II y de Benedicto XVI– se trató, por así decir, de recibimientos “gozosos”, ahora parece haber una suerte de exigencia de la presencia papal, como acontecimiento absolutamente necesario.

¿Qué pide el pueblo mexicano al Papa? Parece haber aprendido que es posible reconocerse en su tradición cristiana y católica; parece haber aprendido a no avergonzarse de tal pertenencia, y parece también haber aprendido que es importante conjugar la racionalidad con la fe, para que el catolicismo sea vivido realmente y no sea únicamente una expresión de devoción sino la comprensión de su sentido más profundo, a través sobre todo del mensaje de Benedicto XVI, aparentemente más distante que su predecesor, pero que incidió en un país con una sensibilidad y una madurez mayor que la de la visita de Juan Pablo II, no sólo la primera, en 1979, sino las demás.

Ahora, pese a ese aprendizaje, que, hay que decirlo, está aún en proceso, el fenómeno de la violencia en sus diferentes expresiones ha socavado el tejido social de este pueblo, que se ve cada vez más alejado de la esperanza de un país más próspero pero sobre todo, más justo. En función de esto es que, gracias al catolicismo que sigue siendo la raíz cultural principal en que hundimos nuestra historia y nuestros valores, la visita del Papa es vista, repito, como una necesidad y es invocada como una presencia de esperanza auténtica. No es sólo un deseo, una ilusión; es, hemos dicho, exigencia. Urgencia, emergencia. Por eso creo que, en relación con visitas anteriores de los papas, aquí el recibimiento es “doloroso”.

Ahora bien, tal esperanza es un signo importante, pero también está lo que los mexicanos pueden dar para contribuir a la reconstrucción del tejido social, la disminución del abismo entre pobres y ricos y las injusticias concomitantes, y esto que puede dar es, sin duda, producto de su herencia católica entendida en el sentido más prístino, donde valores como el de la familia, la solidaridad, la generosidad, la incondicionalidad, la hospitalidad, se ven amenazados por la presencia de esta escalada de violencia irracional, pero que se resisten no sólo a desaparecer, sino a continuar bajo el yugo de tal amenaza.

Esto empieza a verse con timidez en la participación activa de los padres en la educación y en el intento de fortalecimiento y revaloración de la institución familiar que, igualmente, se encuentra en una suerte de crisis que es parte expresiva del problema que mostramos. Empero, como sabemos, el carisma de Francisco no es el de simplemente llegar a dar un discurso esperanzador, y no podemos pensar ingenuamente que con su sola presencia los problemas mencionados vayan a desaparecer mágicamente; estoy cierto que Francisco llegará a cada dimensión de la realidad mexicana, sí con un discurso de esperanza y de consuelo pero, a su vez, con la exigencia de que las cosas cambien. Nos pedirá solidaridad con los migrantes, compasión generosa con el más necesitado, trabajo arduo de recomposición al interior de la familia, práctica constante de los valores cristianos que han caracterizado a nuestra cultura, reconocimiento de los pueblos indígenas, equidad en todos los niveles y, para todo lo anterior, su solicitud será la de un compromiso constante de quienes somos católicos para la reconstrucción de un país lacerado por el individualismo y el sectarismo en la política, por la insensibilidad en buena parte de la sociedad, no sólo la élite más poderosa, sino también aquella que se encuentra en su “zona de confort”, como suele decirse; pero también, estamos seguros, habrá un mensaje para los no-católicos.

Visto lo hecho por el Papa en otras visitas a otras latitudes, podemos estar seguros que su mensaje responderá precisamente a la exigencia de una reconciliación en México; reconciliación diacrónica, pero también sincrónica. Cerrar cada vez más las cicatrices históricas que han generado las polarizaciones nacionales, pero también las cicatrices recientes que todos tenemos como terribles vivencias colectivas en nuestra sociedad. El Papa viene a nuestro país y con seguridad nos escuchará y actuará. ¿Sabremos nosotros hacer lo mismo? Confiemos en Dios que así será.