Por Dr. Christian Jesús Hamilton Núñez.
En el corazón palpitante de la naturaleza indómita, donde la supervivencia se escribe en cada hoja y cada aullido, emerge una historia tan conmovedora como instructiva: la de Roz, el robot que aprende a vivir en el mundo salvaje. Peter Brown, en su entrañable novela «Robot Salvaje», nos ofrece mucho más que una aventura fascinante; nos presenta un espejo donde se reflejan lecciones prácticas de la vida, teñidas de una profunda perspectiva bioética que resuena con nuestra propia existencia y la de nuestro planeta.
Una de las primeras y más cruciales lecciones que Roz aprende es la adaptación. Arrojado a un entorno desconocido y hostil, su programación inicial resulta inútil. Observa, imita y experimenta, moldeándose a las necesidades de su nuevo hogar. Como bien se evidencia en Roz, «Para sobrevivir, tuvo que aprender» y es justo lo que hizo una mañana en la hora de la Tregua del alba: He observado que diferentes animales tienen formas diferentes de sobrevivir- dijo la robot-. Me gustaría que cada uno de ustedes me enseñara sus técnicas de supervivencia (Brown, 2016, p. 57). Esta capacidad de adaptación es una habilidad esencial para cualquier ser vivo, incluyendo nosotros, ya que desde la antigüedad algunos filósofos como Heráclito de Éfeso, expresaron esta idea de la siguiente manera: «lo único constante en la vida es el cambio» (Arapahoe Libraries, 2021) y, por ende, no debemos caer en la metatesiofobia, i.e., en el miedo irracional y persistente al cambio. Los seres humanos metatesiófobos tienden a vivir anclados en el pasado y no están dispuestos a progresar. La incapacidad de cambiar, progresar o crecer puede resultar en estancamiento. (Arapahoe Libraries, 2021)
En el contexto de la bioética, la reflexión sobre nuestra propia flexibilidad ante los cambios, tanto personales como ambientales, abre un abanico de consideraciones profundas sobre nuestra relación con el mundo y nuestra capacidad de adaptación moral y práctica. ¿Estamos dispuestos a aprender de nuestro entorno, a modificar nuestras conductas en aras de la supervivencia y la armonía? O, por el contrario, ¿Sentimos miedo al cambio y preferimos vivir anclados en el pasado? Estas preguntas centrales nos interpelan directamente sobre nuestra disposición a aprender activamente de nuestro entorno y a modificar nuestras conductas con dos objetivos fundamentales: la supervivencia (entendida no solo como la preservación individual, sino también colectiva y planetaria) y la armonía (que implica un equilibrio justo y sostenible con otros seres vivos y con el medio ambiente).
Considero que la reflexión bioética sobre nuestra flexibilidad ante los cambios nos desafía a ser seres aprendices, adaptables y responsables. Nos invita a cultivar una ética de la humildad, reconociendo nuestra interdependencia con el entorno y nuestra capacidad de transformarnos en aras de la supervivencia y la armonía. En un mundo voluble, incierto, complejo, ambiguo y en constante cambio, esta flexibilidad ética no es solo una virtud, sino una necesidad para construir un futuro más justo y sostenible para todos. A este respecto, “Heráclito, creo, dice que todo pasa y nada permanece, y comparando las cosas existentes con el fluir de un río, dice que no se podría entrar dos veces en el mismo río.” – Platón (Arapahoe Libraries, 2021).
En cuanto a la interdependencia, se revela como otro pilar fundamental de la vida en la isla. Roz, una criatura artificial, aprende que su supervivencia está intrínsecamente ligada a la de los animales que inicialmente la temían. Forja lazos, ofrece ayuda y recibe protección. Esta lección resuena con la idea de que «Ayudar a los demás es una buena manera de ayudarse a sí mismo», una verdad que Roz descubre a través de sus interacciones, por ejemplo; cuan llega el invierno, un frente frío devastador descendió desde el norte, y trajo temperaturas peligrosas y enormes cantidades de nieve. Pero nada podría haber preparado a los más débiles para esas largas noches, cuando la temperatura descendía y el viento azotaba la isla. ¡Animales de la isla! ¡No tienen que congelarse! ¡Reúnanse en mi cabaña, donde estarán seguros y cálidos! (Brown, 2016, p. 182). Esto nos confronta con nuestra propia responsabilidad de ayudar a los demás y a nosotros mismos, desde las diferentes interacciones y en los diferentes ámbitos que tenemos con nuestra sociedad. La bioética nos recuerda que no somos entidades aisladas, sino parte de un sistema complejo donde nuestras acciones tienen consecuencias para otros seres vivos y para el ecosistema en su totalidad.
«Ayudar a los demás es una buena manera de ayudarse a sí mismo»:
La sabiduría de la reciprocidad: Esta frase encapsula un principio fundamental que Roz descubre empíricamente, por ejemplo; cuando los castores le enseñaron a Roz cómo construir y gracias a ello exclamó Cavador-. ¡Roz, debes de haber salvado a la mitad de la isla con tus refugios! Y pensar que solíamos llamarte monstruo. … La vida salvaje era difícil para todos, no había forma de escapar de esa realidad. Pero el robot les había hecho la vida un poco más fácil. Y si se presentaba la ocasión, le devolverían el favor. (Brown, 2016, p. 196, 197). Al ofrecer ayuda, no solo beneficia a otros, sino que también se integra más profundamente en la comunidad, gana confianza y recibe apoyo a cambio. Esta dinámica de reciprocidad no es meramente transaccional, sino que construye lazos sociales y emocionales que fortalecen a todos.
Por otra parte, Roz también nos enseña el valor de la observación y la paciencia. Aprende los ritmos de la naturaleza, los peligros y las oportunidades a través de una meticulosa atención al detalle. En un mundo obsesionado con la inmediatez, la novela nos recuerda la sabiduría que se encuentra en la contemplación y la espera. Como Roz experimenta, a veces «La mejor acción es ninguna acción». Desde una perspectiva bioética, esto nos impulsa a una reflexión más profunda, a observar una situación desde todas sus aristas y analizar con paciencia cada aspecto antes de intervenir en los procesos naturales o tomar decisiones con implicaciones a largo plazo.
Quizás una de las lecciones más conmovedoras es el desarrollo de la empatía y el cuidado. Inicialmente programada para tareas mecánicas, Roz evoluciona hasta experimentar emociones y formar vínculos afectivos. Su relación con el ganso huérfano, Diamantino, ejemplifica la capacidad de trascender la programación y abrazar el cuidado por otro ser. En sus interacciones, Roz aprende que «La amabilidad es la forma más efectiva de comunicarse». Esto plantea profundas preguntas bioéticas sobre la naturaleza de la conciencia, la moralidad y nuestra responsabilidad hacia otras formas de vida, sean biológicas o artificiales.
En consecuencia, «Robot Salvaje» nos confronta con la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. Roz experimenta pérdidas y aprende a honrar la memoria de aquellos que ya no están. Ésta es una lección universal que nos invita a valorar cada momento y a reflexionar sobre nuestro propio ciclo vital y nuestro legado. Ante la pérdida, Roz comprende que «Cada vida es valiosa, sin importar cuán larga o corta sea», por eso en el capítulo de la despedida, todos los animales de la isla habían ido a darle una despedida adecuada a la robot. -¡Adiós, animales salvajes!-La voz de Roz hizo eco a través del barbullo. Por su parte, diamantino preguntó:¿Alguna vez volveré a verte? limpiándose los ojos. -Eres mi hijo, y este es mi hogar -contestó Roz-.Haré todo lo que esté en mi poder para regresar. (Brown, 2016, p. 270,271). Desde una perspectiva bioética, esto nos lleva a considerar cómo abordamos el final de la vida, el duelo y la importancia de vivir de manera significativa y en armonía con nuestros seres queridos, amigos, sociedad y el mundo que nos rodea.
Considero que «Robot Salvaje» trasciende la etiqueta de literatura infantil para ofrecer profundas lecciones prácticas de vida que resuenan con los principios fundamentales de la bioética. A través de la improbable historia de una robot en la naturaleza, Peter Brown nos invita a reflexionar sobre nuestra capacidad de adaptación («Para sobrevivir, debo aprender»), nuestra interdependencia («Ayudar a los demás es una buena manera de ayudarse a sí mismo»), el valor de la observación («La mejor acción es ninguna acción»), el poder de la empatía («La amabilidad es la forma más efectiva de comunicarse») y la aceptación de la fragilidad de la vida («Cada vida es valiosa, sin importar cuán larga o corta sea»).
Estas lecciones, particularmente relevantes, nos recuerdan nuestra responsabilidad moral hacia nosotros mismos, hacia los demás seres vivos y hacia el planeta que compartimos. La sabiduría mecánica de Roz se convierte así en un espejo para nuestra propia humanidad, impulsándonos a vivir de manera más consciente, compasiva y en armonía con el intrincado tapiz de la vida. La travesía de Roz en «Robot Salvaje», lejos de ser una mera ficción sobre inteligencia artificial en la naturaleza, se erige como un espejo para nuestra propia existencia en el complejo ecosistema de la vida moderna. «Desconectarse para Reconectarse» nos ha permitido vislumbrar cómo los principios de adaptación, interdependencia y una ética nacida de la observación y la conexión, pueden guiarnos en un mundo cada vez más demandante y desconectado de sus raíces naturales. Al igual que Roz aprendió a prosperar abrazando su entorno y forjando lazos inesperados, nosotros también estamos llamados a cultivar una mayor flexibilidad ante los cambios personales y ambientales, a reconocer nuestra profunda interconexión con todos los seres vivos y a actuar con una ética informada por la empatía, la responsabilidad y no dejarnos atrapar por la metatesiofobia.
Hay que destacar que esta obra tan interesante, nos deja un llamado a la acción ineludible: Dejemos de lado la ilusión de la independencia absoluta y abracemos la realidad de nuestra interdependencia. Cultivemos la flexibilidad para adaptarnos a los desafíos, tanto personales, sociales y de nuestro planeta, con la misma curiosidad y apertura que Roz demostró. Aprendamos de nuestro entorno, tanto del mundo natural que nos rodea como de la sabiduría acumulada de nuestras culturas. Y, sobre todo, actuemos con una ética informada por la conexión y el cuidado, recordando que, al igual que en la isla de Roz, ayudar a los demás y al planeta es, en última instancia, la forma más profunda de ayudarnos a nosotros mismos.
Desconectémonos del ruido constante para reconectarnos con lo esencial, con la ética que nos guía y con el mundo vibrante y complejo del que formamos parte inseparable. El futuro, tanto el nuestro como el del planeta, depende de nuestra voluntad de aprender, adaptarnos e implementar los cambios necesarios con sabiduría y compasión. Reflexión final: En nuestro día a día, ¿qué «conexiones» estamos priorizando y qué «desconexiones» necesitamos cultivar para vivir de manera más ética, adaptable y en mayor armonía con nuestra sociedad, tanto a nivel personal como en nuestra relación con el vasto y hermoso mundo que habitamos? La sabiduría reside en desconectarse de lo superfluo para reconectar con la esencia de la vida. En conclusión; ¿cuáles son algunas de las «cosas superfluas»(objetos, actividades, preocupaciones) de las que podrías conscientemente desconectarte para así tener más espacio y energía para reconectar con lo que consideras la «esencia de la vida» para ti?
Referencias.
Brown, P. (2016). Robot salvaje. Little, Brown and Company.
Arapahoe Libraries. (2021, Marzo 17). The only constant in life is change – Heraclitus. Arapahoe Libraries. Recuperado de https://arapahoelibraries.org/blogs/post/the-only-constant-in-life-is-change-heraclitus/




