Felicidad: un concepto elitista

Felicidad

Por José Eduardo Lazo Vela [1]

 

Introducción

 

Durante las últimas décadas, la felicidad se ha consolidado como objetivo central de agendas políticas, económicas y sanitarias a escala global. En esta deriva, la felicidad deja de ser una experiencia plural y situada para convertirse en un estándar normativo susceptible de medición e intervención técnica. Dicho tránsito no es solo metodológico: transforma el modo de comprender la vida humana al convertir la felicidad -bienestar- en objeto de normalización y control (OECD, 2013; Helliwell et al., 2012; Davies, 2016; McMahon, 2009).

Desde una perspectiva de bioética personalista, el problema no radica en estudiar el bienestar, sino en qué antropología se presupone y qué fines se persiguen cuando se lo cuantifica.

La bioética personalista —tal como la formula Sgreccia (2012)— sostiene que la persona posee dignidad por su condición misma y que toda práctica social o técnica debe respetarla como fin y no instrumentalizarla (García, 2013; Yacarini-Martínez, 2019). Medir el bienestar puede convertirse en tecnología de gobierno cuando fija criterios de vida buena y los vuelve operativos en políticas, instituciones y prácticas clínicas (Lazo 2025a; Ahmed, 2019; Davies, 2015; Rojas, 2014).

La expansión de la psicología positiva y de la economía de la felicidad ha presentado el bienestar como fenómeno cuantificable, gestionable y optimizable, prometiendo mejoras en salud y productividad (Layard, 2005; Tarragona, 2015; Frawley, 2015b; Ehrenreich, 2011).

Sin embargo, esta racionalidad se articula con un marco neoliberal que desplaza el malestar social hacia la esfera individual, reescribiendo problemas estructurales como fallas personales de adaptación (Davies, 2015; Frawley, 2015b; Stiegler, 2023).

La tesis que sostengo es doble: (1) la cientificación de la felicidad instala un régimen normativo que produce elitismo; (2) ese elitismo tiene implicaciones bioéticas directas porque erosiona dignidad, justicia, autonomía y el reconocimiento de la vulnerabilidad estructural (Sgreccia, 2012; García, 2013; Yacarini-Martínez, 2019; Ehrenreich, 2007).

 

La cientificación de la felicidad: de indicador a norma

 

La cientificación de la felicidad se expresa en instrumentos como las guías de medición del bienestar subjetivo y los reportes globales de felicidad, que establecen estándares para evaluar vida, emociones y sentido de propósito (OECD, 2013; Helliwell et al., 2012; Rojas, 2014).

No obstante, estas mediciones no son meramente descriptivas: toda medición contiene una carga normativa porque define qué cuenta como vida buena y qué condiciones se consideran legítimas para alcanzarla (Ahmed, 2019; Davies, 2016). Al presuponer estabilidad económica, seguridad, educación y redes de apoyo, la medición privilegia contextos socioeconómicos específicos y convierte esas condiciones en norma.

Cuando se exporta ese estándar a contextos de precariedad, la felicidad opera como ideal que excluye y estigmatiza a quienes no pueden cumplirlo (Lazo Vela, 2025a; Ehrenreich, 2007).

Desde el personalismo ontológico, este punto es decisivo: si la persona no debe reducirse al campo cuantitativo-experimental, entonces el bienestar —cuando se lo convierte en índice— corre el riesgo de operar como sustituto del valor de la persona (Sgreccia, 2012; García, 2013; Yacarini-Martínez, 2019).

 

Felicidad y neoliberalismo: la individualización del malestar

 

Uno de los rasgos más problemáticos de la ciencia contemporánea de la felicidad es su afinidad con la racionalidad neoliberal: el bienestar deja de ser responsabilidad colectiva y se convierte en tarea individual. La figura del “emprendedor de sí mismo” queda interpelada a gestionar emociones, optimizar rendimiento y demostrar felicidad como indicador de éxito (Davies, 2015; Frawley, 2015b; Ehrenreich, 2011).

Este desplazamiento redefine el fracaso: deja de leerse como consecuencia de desigualdades y se interpreta como déficit personal (falta de resiliencia, actitud negativa, incapacidad de adaptación) (Stiegler, 2023; Ehrenreich, 2011).

La bioética personalista permite nombrar aquí una forma de violencia simbólica: se mantiene la estructura que produce precariedad, pero se responsabiliza al individuo por no “producir” bienestar (Sgreccia, 2012; Yacarini-Martínez, 2019; Ehrenreich, 2007).

En este marco emerge una coerción suave: nadie decreta legalmente la obligación de ser feliz, pero la infelicidad se penaliza moral y socialmente, afectando la autonomía real de la persona (Lazo Vela, 2025b; Ehrenreich, 2011).

La libertad, en clave personalista, es inseparable de la responsabilidad, pero también del reconocimiento de límites, contingencias y vulnerabilidades (Sgreccia, 2012; García, 2013).

 

Medicalización del malestar y consumo de la felicidad

 

La individualización del sufrimiento se refuerza mediante la medicalización del malestar. En el marco biomédico hegemónico, experiencias humanas como tristeza, duelo o frustración se reinterpretan como problemas clínicos susceptibles de intervención farmacológica o terapéutica (Conrad, 2007; Frawley, 2015c; Frawley, 2024; OMS, 2022).

Desde el personalismo, este giro tiene un riesgo antropológico: la persona puede ser tratada como objeto de corrección y no como sujeto de sentido (Sgreccia, 2012; García, 2013).

El principio de totalidad —que justifica intervenir en una parte por el bien del todo— se pervierte cuando la intervención ya no se orienta al bien integral de la persona, sino a su adecuación funcional a un ideal de productividad o normalidad emocional (García, 2013; Ehrenreich, 2011).

De este modo, la felicidad se vuelve bien de consumo: disponible para quien puede pagarla. Y el sufrimiento, en vez de ser reconocido como experiencia humana situada, se convierte en falla técnica individual que debe ser “gestionada” (OMS, 2022; Davies, 2015; Ehrenreich, 2011).

 

El elitismo de la felicidad: dimensiones estructurales

 

La felicidad contemporánea opera como concepto elitista en al menos tres niveles interrelacionados:

  • Elitismo económico: presupone acceso a recursos, tiempo y servicios especializados (Lazo Vela, 2025a; Rojas, 2014).
  • Elitismo epistémico: privilegia saberes tecnocientíficos producidos en ciertos contextos que definen qué es felicidad y cómo debe medirse, desplazando otras racionalidades sobre la vida buena (Frawley, 2015a; Frawley, 2024).
  • Elitismo cultural: impone un modelo de vida buena asociado a productividad, éxito y control emocional, convirtiendo en deficitarias otras formas de vida (Ahmed, 2019; Ehrenreich, 2011).

Estas dimensiones muestran que el elitismo no es un accidente, sino componente constitutivo de la formulación contemporánea de la felicidad: delimita quién puede ser reconocido como “normal” y quién queda bajo sospecha clínica, moral o política (Lazo Vela, 2025a; Ehrenreich, 2007).

 

Implicaciones bioéticas  desde el personalismo ontológicamente fundado

 

Para que la bioética no sea un añadido retórico, es necesario traducir el diagnóstico a dilemas normativos. Aquí la bioética personalista ofrece un marco consistente: la persona es centro y fin de la acción; la vida física es valor fundamental; la libertad exige responsabilidad; y la sociabilidad exige subsidiariedad/solidaridad (Sgreccia, 2012; García, 2013; Yacarini-Martínez, 2019; Kant, 2012).

1) Dignidad humana vs. instrumentalización del bienestar

Cuando el bienestar se reduce a métricas operativas orientadas a eficiencia, la persona corre el riesgo de ser evaluada por su rendimiento emocional y no por su valor intrínseco (Kant, 2012; Sgreccia, 2012; Ehrenreich, 2011).

2) Justicia social: del “bienestar medido” al “bien común”

Si la medición presupone condiciones materiales y las convierte en norma, entonces una parte de la población queda estructuralmente excluida del ideal. El principio personalista de sociabilidad y subsidiariedad exige lo contrario: la sociedad debe ayudar especialmente a quienes no pueden ayudarse por sí mismos y orientar el orden social al bien común (Sgreccia, 2012; García, 2013; Rojas, 2014).

3) Autonomía vs. Coerción para ser feliz

El mandato cultural de felicidad produce una coerción indirecta: se internaliza la norma y se sanciona la desviación como patología o fracaso moral. Para el personalismo, la libertad no es mera elección; es autodeterminación orientada al bien, inseparable de responsabilidad y verdad sobre la propia vida (Sgreccia, 2012; Yacarini-Martínez, 2019; Ehrenreich, 2011).

4) Vulnerabilidad estructural y no reducción de la persona a lo cuantificable

La vulnerabilidad no es solo individual, sino también estructural. Invisibilizarla mediante métricas que “promedian” experiencias equivale a negar dimensiones ontológicas y axiológicas de la persona (Sgreccia, 2012; García, 2013; Frawley, 2024).

 

Conclusiones

 

La felicidad contemporánea, lejos de ser ideal universal y neutral, se configura como dispositivo elitista de regulación social. Su cientificación transforma el bienestar en objeto de medición y gobierno, desplazando las causas estructurales del malestar hacia la esfera individual. Este desplazamiento produce exclusión simbólica y material: fija estándares de vida buena inaccesibles para muchos y penaliza el malestar como déficit personal, facilitando la medicalización del sufrimiento.

El aporte decisivo de esta revisión es explicitar el hilo causal:

Métrica → norma → gubernamentalidad → elitismos → vulneración bioética.

La medición no solo “describe”; define lo valioso, orienta políticas y expectativas, y termina funcionando como tecnología de gobierno.  Desde una bioética personalista este proceso entra en tensión con principios fundamentales: la dignidad exige tratar a la persona como fin; la justicia social exige orientar lo colectivo al bien común; la libertad exige responsabilidad sin coerción normativa; y la sociabilidad exige subsidiariedad efectiva frente a la vulnerabilidad estructural.

 

[1]  Lic. Filosofía. Egresado de la Maestría en Bioética del CISAV


REFERENCIAS

 

Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad: Una crítica cultural al imperativo de la alegría. Caja Negra.

Conrad, P. (2007). The medicalization of society. Johns Hopkins University Press.
https://doi.org/10.1353/book.3300

Davies, W. (2016, octubre 14). Sean felices a toda costa: Psicólogos, economistas y neurocientíficos buscan formas para medir el bienestar emocional. El País. https://elpais.com/cultura/2016/10/05/actualidad/1475679821_086990.html

Davies, W. (2015). La industria de la felicidad. Malpaso. https://doi.org/10.1353/book.3300

Ehrenreich, B. (2011). Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo. Madrid: Turner.

Ehrenreich, B. (2007). “De premios filosóficos y fundaciones derechistas.” Sin Permiso. Consultado el 23 de marzo de 2026. https://www.sinpermiso.info/textos/de-premios-filosficos-y-fundaciones-derechistas

Frawley, A. (2024). Significant emotions: Rhetoric and social problems in a vulnerable age. Bloomsbury.

Frawley, A. (2015a). Semiotics of happiness. Bloomsbury.
https://doi.org/10.5040/9781472593044

Frawley, A. (2015b). Happiness research: A review of critiques. Sociology Compass, 9(1), 62–77.
https://doi.org/10.1111/soc4.12221

Frawley, A. (2015c). Medicalization of social problems. En Handbook of the Philosophy of Medicine. Springer.
https://doi.org/10.1007/978-94-017-8706-2_74-1

García, J. J. (2013). Bioética personalista y bioética principialista. Perspectivas. Cuadernos de Bioética, XXIV(1), 67–76. https://aebioetica.org/revistas/2013/24/80/67.pdf

Helliwell, John F., Richard Layard, Jeffrey D. Sachs, y Jan-Emmanuel De Neve, eds. 2012. World Happiness Report 2012. Nueva York: Sustainable Development Solutions Network.

Kant, I. (2012). Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785). Ediciones

Layard, R. (2005). Happiness: Lessons from a new science. Penguin Books

Lazo Vela, J. E. (2025a). La ciencia de la infelicidad: una expresión de antropocentrismo. Fundación Jaime Roca.
https://issuu.com/premiobioetica/docs/1er_premio_de_bio_tica_2025

Lazo Vela, J. E. (2025b, noviembre 19). La felicidad neoliberal y su impacto en la salud mental. Animal Político. https://www.animalpolitico.com/analisis/organizaciones/una-vida-examinada-reflexiones-bioeticas/felicidad-neoliberal-impacto-salud-mental

McMahon, D. M. (2009, mayo 1). Happiness, the hard way. Greater Good Science Center. https://greatergood.berkeley.edu/article/item/happiness_the_hard_way

OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). 2013. OECD Guidelines on Measuring Subjective Well-being. París: OECD Publishing.

Organización Mundial de la Salud. (2022). Informe mundial sobre salud mental. OMS.

Rojas, M. (2014). El estudio científico de la felicidad. Fondo de Cultura Económica.

Stiegler, B. (2023). Hay que adaptarse. Tras un nuevo imperativo político. La Cebra / Palinodia / Kaxilda.

Tarragona, M. (2015). Tu mejor tú: Cómo la psicología positiva te enseña a subrayar las experiencias que fortalecen tu identidad. Alianza Editorial.

Yacarini-Martínez, A. E. (2019). La bioética personalista en la formación universitaria: el aporte científico de S.E.R. Elio Sgreccia. Vida y Ética, 20(2). https://repositorio.uca.edu.ar/bitstream/123456789/14864/2/bioetica-personalista-formacion.pdf

 

Asistimos al periodo de consolidación de un nuevo régimen en nuestro país. Tal régimen comenzó con la administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2018. Si previamente había dudas de que pudiera ser un régimen autocrático en camino a la demolición de la democracia clásica liberal (pluralidad, división de poderes, Estado de derecho y rendición de cuentas), hoy se han disipado. Con mayoría calificada en el Congreso de la Unión, tal régimen ejecuta el “Plan C”1 formulado por el expresidente unos meses antes de terminar su mandato.

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