Patricia Raquel Mancilla Dávila1
Andrea Munguía Sánchez2

Introducción

El pasado 7 de septiembre, el Servicio Sismológico Nacional (SSN) de la Universidad Nacional Autónoma de México, registró un sismo de 8.2 grados  en escala de Richter, con epicentro en Pijijiapan, Chiapas, afectando también a los estados de Oaxaca, Tabasco, Guerrero y Veracruz. Debido a que nuestro país tiene una alta actividad sísmica, el 19 de septiembre se registró otro sismo de 7.1 grados con epicentro en Axochiapan, Morelos. Como resultado de este sismo, los estados de Puebla, Tlaxcala, Edo. de México, Guerrero, Ciudad de México, Michoacán e Hidalgo también resultaron afectados, y por segunda ocasión, Oaxaca.

Para hacer frente a la devastación que ambos sismos provocaron, habitantes de las zonas afectadas unieron sus fuerzas para rescatar y recuperar a las personas que quedaron atrapadas bajo los escombros. Mientras ellos usaban sus manos, el resto de la sociedad no los abandonó, a la distancia, el apoyo se presentó de diversas maneras: en los medios de comunicación y redes sociales se solicitaba ayuda mediante imágenes, textos, videos, viñetas y se invitaba a la población a no lamentarse si no podían brindarla de forma inmediata, recordándoles que se necesitaría de su apoyo más adelante. La respuesta de la gente fue sorprendente, grupos y asociaciones nacionales promovieron la unión de voluntarios para retirar escombros, recolectar o entregar víveres,  y otros donativos. Así mismo países como Israel, Japón, EUA, Colombia, Honduras,  Rusia, China, El Salvador, Guatemala, España, Panamá, Chile, entre otros enviaron a sus grupos de rescate. El mundo se mostraba solidario con México.

En un sismo, y en general en cualquier catástrofe, es difícil cuantificar los daños materiales y morales que éste pueda causar, y aunque no existe un culpable de estos daños -dado que es un evento de la naturaleza-, bajo el principio de solidaridad ayudar no es un criterio ético de justicia pero sí una obligación que corresponde a las personas individuales, a las comunidades, a las instituciones y  a las estructuras políticas (León, F.J. 2012).

La vulnerabilidad es universal, todas las personas podemos serlo en algún momento, los estados de crisis que generan las catástrofes llevan a los individuos y comunidades a replantear sus sistemas de vida (Guisán, 1984). En este contexto, se entiende la vulnerabilidad no sólo como indicador de desigualdad social en la distribución del poder, sino como base de la solidaridad y responsabilidad (Have, Henk ten, 2017).

La imagen de la vulnerabilidad

El problema ético a mirar es la desigualdad que se genera cuando las personas nos encontramos limitadas en la capacidad de anticipar, sobrevivir, resistir o recuperarse del impacto de una amenaza natural, pues quedamos en un estado de vulnerabilidad. Reconocer la vulnerabilidad es una invitación que motiva a ayudar al otro.

Los motivos aluden de algún modo a los móviles de una acción, es decir, a aquel tipo de hechos cuya consideración me lleva a obrar de alguna manera. Pueden ser elementos psicológicos, sociales, pasiones o impulsos que empujan a la voluntad. Las razones, por el contrario, son elementos de juicio para poder tomar una decisión; y pueden no tener motivaciones. (Gómez, J.E, 2017)

Cuando la ciudad colapsó, la presencia del otro atrapado bajo los escombros o en estado de vulnerabilidad fue motivo suficiente para que mujeres, niños, hombres, militares, jóvenes e incluso adultos mayores decidieran quedarse y arriesgar su vida por un rostro que podía o no serles conocido: una hermana, un maestro, una vecino, un cliente o una persona buscando a su mascota. Esta sensibilidad hacia la necesidad y la fragilidad de la persona, motiva también nuestra intención de buscar el bien común, propio del hombre, como el deber moral de cuidar del prójimo.

Se generaron también nuevas dinámicas de organización social e individual: muchos cambiaron su rutina para salir a apoyar, abandonando su lugar de trabajo, compartiendo sus casa, líneas telefónicas, alimentos entre otras cosas. Quienes vivían lejos de la zona de desastre se organizaron rápidamente para viajar a las ciudades afectadas, dejando todas sus actividades por apoyar a quienes estaban por perderlo todo.

El papel de la bioética en situaciones de desastres naturales

Durante una situación de desastre natural, el enfoque que nos ofrece la bioética es un puente entre los hechos y valores que como sociedad enfrentamos. Elena Postigo (2007) hace una definición muy completa sobre esta interdisciplina, pues  señala que es necesario observar las implicaciones ético-antropológicas de todo lo que se mira como bueno para la persona y sus futuras generaciones. Sin profundizar demasiado hace evidente la relación entre las intervenciones del hombre, no sólo sobre la vida de su prójimo, sino también sobre el medio ambiente, los animales, los avances tecnológicos, y las posibles consecuencias de decisiones que afectan a la salud, así como a las relaciones políticas, institucionales y sociales de un país; y en el contexto de un desastre natural, se puede abordar desde la bioética social.

En esta propuesta de mirar al futuro del bienestar social o bien común, también hay algunos aspectos que deben tomarse en cuenta en relación a la interacción del hombre con la naturaleza, retomando el  sentimiento de incertidumbre que genera no poder predecir un desastre. Tener medidas de precaución, protocolos de acción e intervención y establecer lugares como puntos de reunión son parte de una cultura antisísmica que se está generando en muchas zonas del mundo, sobretodo en aquellas que ya han vivido sismos tan fuertes como los ocurridos en nuestro país, que finalmente alteran las interacciones de las personas con otras personas, con  las instituciones y hasta con el medio ambiente.

León Correa (2012), señala tres puntos,  apoyados en los principios de la bioética, en los que se divide  la responsabilidad de proteger y atender a los damnificados, que podemos aplicar también a esta cultura anti-sísmica: a) prevención, b) reacción y c) reconstrucción. En los siguientes párrafos se presenta un breve análisis de lo que sucedió en México durante los sismos del 7 y 19 de septiembre de 2017 en relación a estos puntos:

a) Prevención

En México después de los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985, se creó el cuerpo de protección civil, con el objetivo de elaborar medidas preventivas en las que intervengan de igual manera las instituciones, la iniciativa privada y la sociedad; recordando que México se encuentra en una zona de constante actividad telúrica.

En este punto, aunque el Estado, bajo el principio de subsidiariedad, pareciera ser el único responsable de prevenir e incluso de reparar los daños que causan los desastres naturales, la realidad es que debe existir una corresponsabilidad de los ciudadanos con éste. Por ejemplo, los simulacros se deberían realizar no sólo en las zonas laborales o escolares, sino también en el hogar y en otros espacios de reunión al menos una vez por mes. Así mismo, los ciudadanos debemos resguardar los documentos importantes e incluso mantener maletas preparadas con lo necesario para cualquier emergencia.

Es cierto que no puede considerarse una catástrofe natural en sí misma como  moral o inmoral, justa o injusta; sin embargo, sus consecuencias sí podríamos tratarlas de esta manera, dependiendo de si hubiesen podido ser evitadas o disminuidas (León, F.J., 2012).

b) Reacción

Poco antes del temblor, escuelas y empresas realizaron simulacros recordando el sismo que hace 32 años dejó más de 10 mil muertos, y cientos de familias sin hogar. Dichas acciones ayudaron a que en esta ocasión, el número de personas fallecidas no fuese tan alto. No obstante cualquier pérdida humana es profundamente lamentable.

La misma cultura antisísmica, genera que la población se organice para proporcionar  distintos tipos de ayuda, ésta puede ser inmediata o a largo plazo como: la intervención y contención  psicológica ante la crisis emocional, la atención médica a los afectados, el restablecimiento de servicios, la adecuación de espacios como albergues y la construcción temporal o permanente de viviendas.

Uno de los principios de la bioética que nos ayudará a entender cómo se debe reaccionar ante situaciones de desastre es la no maleficencia, es decir no hacer daño o más daño, sobretodo si la persona se encuentra  en un estado de vulnerabilidad. Cuando lo anterior no se toma en cuenta, las reacciones suelen causar el efecto contrario. En todo el país, la población manifestó molestia por los abusos de funcionarios públicos que retuvieron los víveres con fines proselitistas y por la evidente falta de participación, sensibilidad y solidaridad de los mismos para con los afectados. En consecuencia, se llevaron a cabo varias violaciones a los derechos humanos, entre ellas la retención de víveres, la falta de prestación de servicios públicos, como en el caso de Pijijiapan,  hubo también robo de identidad de las víctimas y saqueos por parte de personas que se hacían pasar como elementos de protección civil, entre otros. Incluso  los voluntarios sufrieron asaltos en los centros de acopios, secuestros y rapiña de los transportes que llevaban víveres, además  se presentó un ataque de violación sexual hacia un grupo de voluntarios católicos. 

c) Reconstrucción

La intervención humanitaria para la reconstrucción del país sugiere no sólo el levantamiento de viviendas provisionales para los damnificados o el retiro de escombros. Uno de los aspectos a considerar después de un desastre natural, que genera abruptamente  cambios sociales e individuales, es el proyecto de vida  de las personas, para retomar el sentido de pertenencia, no sólo de un espacio dónde habitar sino de una comunidad, por lo que se debe promover la mayor participación y cooperación posible de los afectados en el proceso de reconstrucción.  Dando como resultado la recuperación de seguridad, del sentido de apropiación de espacios y el fortalecimiento de las relaciones interpersonales.

Lo anterior, se logra mediante una intervención adecuada y responsable; es decir, que no se interviene por intervenir. La asistencia brindada por la sociedad y por las instituciones deberá cubrir las necesidades de la población afectada; por lo que después de las actividades de rescate, habrá que evaluar las zonas de riesgo, la reactivación laboral, escolar y económica, apostar a la recuperación de documentos de identificación oficial, activación de las zonas de esparcimiento y de actividades culturales. En general, lograr la reparación integral del daño.

Conclusión

El rescate de la persona va más allá de la recuperación de un cuerpo o del encuentro con los sobrevivientes. Se trata de acompañarla en la reestructuración de su proyecto de vida.

Por su parte, la bioética nos proporciona una amplia gama de principios, entre ellos la solidaridad, la beneficencia, la justicia, el bien común, la acción colectiva, la asistencia social centrada en la persona y el cuidado mutuo, todo esto recordando  que la vulnerabilidad es característica de los seres humanos, por lo que la dignidad humana deberá ser respetada en todo momento y sin violar ningún derecho. Si la bioética nació y se desarrolló de la mano de los derechos humanos, es inconcebible que a esta altura de los tiempos no se ocupe de los temas sociales… que, cuánto más vulnerable sea el sujeto, más sentido cobra (Bergel, SD, citado en León Correa, 2011).

El reconocimiento de estos principios nos proporciona las bases para una nueva  y necesaria cultura de protección civil  que tendrá como resultado preparar a la sociedad para una mejor toma de decisiones y acciones conscientes  frente a los desastres, que no esté enfocada únicamente en evacuar edificios sino que también nos proporcione los parámetros de cómo ayudar , cómo distribuir y cómo recibir esta ayuda.

La responsabilidad del Estado será no sólo participar en la reparación del daño sino en las adecuaciones necesarias de los protocolos de protección civil, así  como garantizar la protección y el goce de los derechos humanos fundamentales: como el derecho a la propiedad, a una vivienda segura, acceso a los servicios de salud y, a la protección personal y social para generar las condiciones de vida apropiadas.

Reconocer la vulnerabilidad del otro no sólo es mirar su fragilidad, sino una invitación que apunta a la atención del cuidado de la otra persona.

El mes de septiembre del año 2017 ha pasado a la historia porque como menciona León Krauze (2017) “México le ha revelado al planeta su verdadera identidad, el México más profundo, puro y joven. Y eso, desde lejos… se ve más claro que nunca. Tanto que lo que uno quisiera es estar allá, para poder, aunque fuera un minuto, respirar su mismo aire”.

Referencias:

  1. Servicio Sismológico Nacional. Revisado en http://www.ssn.unam.mx revisado 4 de octubre 2017
  2. Gómez, J. (2017, octubre, 2) Motivos y razones en la toma de decisiones,  Recuperado de https://youtu.be/L20rw28Srjk
  3. Guisán, Esperanza (1984), Motivos y razones para ser moral, Agora: Papeles de filosofía, ISSN 0211-6642, Nº 4, P.p 87-98.
  4. Krauze, L.  (2017, Septiembre, 25)  Con la patria en el horizonte. El Universal, Recuperado de http://www.eluniversal.com.mx/columna/leon-krauze/nacion/con-la-patria-en-el-horizonte Revisado 5 de octubre 2017
  5. León Correa, F. (2011) Temas de Bioética Social. Fundación Interuniversitaria de ciencia y vida. Santiago de Chile.
  6. León Correa, F. (2012) Después de un terremoto. Bioética en situaciones de catástrofe. Revista Médica de Chile (140), 108-112.
  7. Postigo, E y Tómas y Garrido, M (2007) Bioética personalista, ciencias y controversias, Ediciones Internacionales Universitarias. Madrid

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    1. Cirujano Dentista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestría en Bioética y Profesional de apoyo de la División de Bioética en el Centro de Investigación Social Avanzada.
    2. Lic. en Antropología por la Universidad Autónoma de Querétaro. Maestría en Bioética e Investigadora Jr. de la División de Bioética en el Centro de Investigación Social Avanzada.