Por José Enrique Gómez Álvarez.
Uno de los logros más notables de la Modernidad y del Estado liberal es la tolerancia. Se gestó sobre todo después de las guerras religiosas europeas de los siglos XVI y XVII que cuestionaron el derecho o no de realizar guerras por cuestiones de diferencias religiosas (Tejeda González, J. L. 2007). La tolerancia no es negar el conflicto de las visiones contrapuestas. La tolerancia es un “trato” de conveniencia mutua: es mejor permitir lo que quizás me parece erróneo que estar en estado permanente de guerra (interna o externa). La tolerancia es un estado que busca evitar la violencia al tratar de imponer la visión “buena” de un grupo de personas sobre los demás (Tejeda González, J. L. 2007).
La tolerancia se fundamenta en última instancia en que el acceso a la verdad es difícil y requiere esfuerzo conjunto. No basta tener la verdad sino mostrar que se tiene, es decir, argumentar a favor de ella. La tolerancia es el reconocimiento de que otros pueden tener la verdad a pesar de que piense distinto en torno a un tema. La tolerancia es apertura a la razón del otro. La tolerancia es una virtud moral: tengo la capacidad de esperar la respuesta del otro antes de precipitarme al rechazo de sus ideas. Por supuesto el defecto de la tolerancia sería el indiferentismo. Tolerancia no significa en ese sentido “puedes decir lo que quieras” porque en realidad no me importa la verdad o falsedad de las afirmaciones. La tolerancia es así una virtud entre un justo medio entre la indiferencia y la precipitación cognitiva. La tolerancia nos obliga a reconsiderar nuestras ideas de modo que se reexaminen ante la presencia de nuevos argumentos a favor o en contra de alguna creencia personal.
La tolerancia tiene también una vertiente política: no se persiguen desde el Estado todas las conductas consideradas malas sino solo aquellas de las que se tiene certeza plena y fundada que destruyen la propia comunidad. Lo que queda fuera de esta categoría se tolera, aunque haya casos en donde no dudemos que generan males personales e incluso sociales, pero limitados. Por supuesto, el cálculo de que tanto daño social y personal se generan requieren de la phronesis o virtud de la prudencia que permite visualizar en el caso concreto el posible o real daño. No obstante, el Estado, sobre todo desde una perspectiva liberal, tolera males ciertos pera permitir también bienes ciertos. Las democracias liberales toleran o deben tolerar comportamientos y grupos minoritarios que son parte constituyente de la sociedad. Las democracias auténticas permiten así la representatividad de las minorías de modo que no queden dominadas por los demás, sino emergen como parte constitutiva de la sociedad. Ese emerger de las minorías y su respeto a creencias y formas de vivir es un modo de reconocer las virtudes y defectos de la diversidad humana.
La diversidad enriquece, aunque también corre el riesgo de atomizar la sociedad. La tolerancia como virtud debe permitir las coexistencias más o menos pacífica entre formas distintas de vivir en las estructuras sociales como la familia, la escuela, etc. No es fácil determinar que tanto se debe tolerar, pero nos queda claro que es mejor preservar la vida y dignidad humana que eliminar a las personas que nos parecen actúan mal. Las sociedades liberales actuales buscan eso: es mejor una sociedad abierta y plural que permita el máximo desarrollo humano teniendo instituciones y personas ejemplares, aunque deba permitirse males aparentes o ciertos de parte de algunos de sus miembros.
La idea por cierto no es nueva. Ya Tomás de Aquino en el siglo XIII había planteado que tanto debía el Estado (aunque él claro no usa esa expresión) perseguir todos los vicios humanos. En la I-II parte de la cuestión 96 de la Suma de Teología Tomás de Aquino se plantea la cuestión de perseguir todos los vicios. Dentro de las objeciones Tomás plantea que, si la ley humana debe estar acorde a la ley natural y la misma va contra todo mal, entonces las legislaciones humanas deben de hacer lo mismo. A lo que responde Tomás que la divina providencia se encarga de castigar ciertos males no cubiertos por las leyes humanas. Pero lo interesante son las razones no teológicas que aporta para defender la tolerancia hacia el mal:
La ley … es instituida como regla y medida de los actos humanos. Mas la medida debe ser homogénea con lo medido por ella, como se señala en X Metaphys., pues diversas cosas tienen diversa medida. Por lo tanto, las leyes deben imponerse a los hombres en consonancia con sus condiciones, ya que, en expresión de San Isidoro, la ley ha de ser posible según la naturaleza y según las costumbres del país. Ahora bien, la capacidad de obrar deriva del hábito o disposición interior, pues una cosa no es igualmente factible para quien no tiene el hábito de la virtud y para el virtuoso, como tampoco lo es para el niño y para el hombre maduro. Por eso no se impone la misma ley a los niños y a los adultos, sino que a los niños se les permiten cosas que en los adultos son reprobadas y aun castigadas por la ley. De aquí que también deban permitirse a los hombres imperfectos en la virtud muchas cosas que no se podrían tolerar en los hombres virtuosos.
Ahora bien, la ley humana está hecha para la masa, en la que la mayor parte son hombres imperfectos en la virtud. Y por eso la ley no prohíbe todos aquellos vicios de los que se abstienen los virtuosos, sino sólo los más graves, aquellos de los que puede abstenerse la mayoría y que, sobre todo, hacen daño a los demás, sin cuya prohibición la sociedad humana no podría subsistir, tales como el homicidio, el robo y cosas semejantes (Aquino, T. 2012: s.p.).
Tomás no da una lista extensa de todos los vicios que perseguir, sino señala el criterio de lo que destruya la sociedad. El problema de ese argumento es que en realidad todo acto humano tiene implicaciones en la comunidad. Así el consumir en exceso alcohol tiene implicaciones en los demás, aun cuando la ingesta sea en privado. El que queda, por ejemplo, incapacitado temporalmente para trabajar o interactuar con plena consciencia con otras personas produce un cierto daño social, no obstante, no perseguimos directamente el consumo de alcohol por las razones aludidas de que la mayoría se abstiene del consumo excesivo y el riesgo de destrucción de la comunidad es evitable por medio proporcionados como la prevención y el tratamiento.
Lo mismo podría señalarse de otras conductas privadas. Pueden ser malas, pero en si mismas no destruyen la comunidad o su riesgo es mínimo. Además, se pueden usar medios adecuados para prevenir y disminuir el daño sin caer en persecuciones y mucho menos en ejecuciones de personas. Consideramos que es mejor tratar de disminuir y a veces eliminar los posibles daños producidos. Hay prácticas que pueden parecer inadecuadas como ciertas conductas sexuales, pero mientras no involucren violentamente a los demás o sean practicadas con menores de edad, por ejemplo, no se les persigue. No se niega que sean o no malas, pero se considera que al no poner en riesgo la vida, la propiedad y otros bienes esenciales entonces no se persiguen.
El factor de la tolerancia como auténtica virtud de la búsqueda de la verdad entre todos, es lo que sustenta el espíritu de un liberalismo sano. Así, en los casos de bioética, las distintas agrupaciones y personas pueden hacer públicas sus posiciones respecto al aborto, la eutanasia y otras, pero deberán someterlas a un análisis racional donde se ponderen los argumentos presentados y así establecer su bondad o maldad de esos actos. Además, es necesario valorar el posible daño que dichas ideas pueden producir para el mantenimiento de la sociedad, de modo que se permita la exposición de diversas posturas, pero sin renunciar al bien ni a la verdad.
Referencias
Aquino, T. (2012) Suma de Teología. Recuperado a partir de https://hjg.com.ar/sumat/b/c96.html#a2
Tejeda González, J. L. (2007). La política de la tolerancia. Política Y Cultura, (21), 21–35. Recuperado a partir de https://polcul.xoc.uam.mx/index.php/polcul/article/view/930




