Por Jimena Hernández.
La maternidad es actualmente un tema central en el debate contemporáneo, sobre todo porque a pesar de los avances en el reconocimiento de las libertades civiles y políticas de las mujeres, persisten profundas desigualdades en la experiencia materna. Un aspecto paradójico es que la emancipación femenina relegó la maternidad a un segundo plano, al asociarla con la dependencia y con un obstáculo para la autorrealización.
Tras la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, el enfoque se desplazó de la protección integral de la madre y del hijo a la autonomía reproductiva. En este contexto, diversas corrientes feministas interpretaron la maternidad como un espacio de reproducción de desigualdades. Sin embargo, esta crítica generó nuevas paradojas, ya que muchas estructuras laborales reforzaron modelos históricamente masculinos, basados en la productividad constante, la disponibilidad total y la desvinculación del cuidado. De este modo, la igualdad terminó por exigir que las mujeres se integraran al ámbito profesional como si la maternidad no existiera.
Erika Bachiochi (2021) advierte que, en vez de transformar las estructuras para integrar el cuidado, la sociedad suele exigir a las mujeres que pospongan o limiten la maternidad para lograr reconocimiento profesional y autonomía económica. Aun cuando existen políticas de conciliación, estas pueden resultar insuficientes si mantienen la responsabilidad del cuidado únicamente en las mujeres. De este modo, sin una auténtica corresponsabilidad social y cultural, la igualdad termina por convertirse en una exigencia de adaptación de las mujeres a esquemas laborales que difícilmente son compatibles con la experiencia materna.
Este desafío se manifiesta con claridad en México. Aunque la participación laboral femenina ha aumentado, la carga doméstica, de crianza y cuidados continúa recayendo desproporcionadamente sobre las mujeres, evidenciando una desigualdad estructural que las políticas públicas no han logrado resolver.
Las cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía con motivo del Día de la Madre para 2026, muestran la magnitud del problema: el 71,5 % de las mujeres mayores de 15 años son madres y, particularmente entre los 35 y 44 años, presentan las tasas más altas de participación laboral, combinando jornadas extensas de trabajo remunerado con más de 20 horas semanales de labores domésticas y más de 17 horas dedicadas al cuidado no remunerado. Esta realidad revela una contradicción profunda: aunque la maternidad suele tratarse como una experiencia privada, constituye en realidad una infraestructura invisible que sostiene la vida social y económica. La Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado estima que el trabajo doméstico y de cuidados equivale a cerca del 23,9 % del PIB nacional y que más del 72 % de este aporte es realizado por mujeres. La economía depende estructuralmente del cuidado, pero continúa invisibilizando y subvalorando su contribución esencial.
El problema de fondo surge cuando la autonomía, la productividad y la independencia se absolutizan. Así, la vulnerabilidad, la dependencia y el cuidado se relegan a un plano secundario o indeseable. En este contexto, la maternidad cuestiona esa lógica, pues toda vida humana nace de una necesidad radical de acogida y de cuidado. Esto revela que el cuidado no es un accidente sino un fundamento de la condición humana. Por eso, la maternidad tiene un profundo significado antropológico: no es sólo reproducción biológica, sino también una disposición personal para la custodia de lo humano.
En línea con esto, Rodrigo Guerra (2004) sostiene que la experiencia femenina se orienta especialmente al reconocimiento del otro como persona, a la atención de la vulnerabilidad y a la preservación de vínculos de reciprocidad y cuidado. Esta reflexión adquiere especial fuerza en sociedades marcadas por procesos de deshumanización y por la marginación del cuidado en la vida pública. En este contexto, la insuficiente provisión de servicios de cuidado infantil en muchas ciudades mexicanas obliga a las familias —y especialmente a las mujeres— a asumir, de forma individual, responsabilidades que deberían ser de corresponsabilidad social. Además, cuando la cultura mide el valor de las personas sólo por su utilidad o eficiencia, se erosionan dimensiones esenciales como la gratuidad, la interdependencia y el cuidado.
La maternidad, por tanto, no puede reducirse ni a una función biológica ni a una experiencia interpretada únicamente desde categorías de subordinación o conflicto social. En ella hay una dimensión humana irremplazable: la capacidad de acoger, cuidar y forjar vínculos. Esto constituye un aporte social insustituible.
La maternidad contribuye directamente al desarrollo de capacidades esenciales para la vida democrática y comunitaria. Entre ellas están la confianza, la empatía, la responsabilidad y el reconocimiento mutuo. Invisibilizar culturalmente su ejercicio e impacto implica, en consecuencia, erosionar silenciosamente las propias bases de la cohesión social.
La reflexión de Martha Nussbaum complementa esta perspectiva. Ella afirma que una sociedad verdaderamente justa no puede evaluarse únicamente por indicadores económicos o por niveles abstractos de autonomía individual (Nussbaum, 2012). El desarrollo humano exige la creación de condiciones que permitan el florecimiento de capacidades fundamentales como la afiliación, el cuidado, la reciprocidad y la construcción de vínculos humanos significativos.
En este contexto, la maternidad revela una profunda “deuda social”: la sociedad descansa en un trabajo afectivo y relacional que, históricamente, han asumido principalmente las mujeres mediante el cuidado y la crianza. Sin embargo, este trabajo rara vez ha recibido un reconocimiento o custodia proporcional en los ámbitos económico, político o cultural.
Esta deuda es económica porque el cuidado sostiene gran parte de la productividad social; es política porque sigue considerándose un asunto privado y no una prioridad pública; y es antropológica porque una civilización que desprecia el cuidado debilita su propia comprensión de la dignidad humana. Toda persona accede a su humanidad gracias a que alguien estuvo dispuesto a cuidar gratuitamente de su vulnerabilidad.
Reconocer esta deuda no implica idealizar la maternidad, sino subrayar que ninguna sociedad se sostiene sin el cuidado y que esta responsabilidad, fundamental para el futuro comunitario, no debe recaer únicamente en las mujeres. Invisibilizar el cuidado y la crianza, así como abandonar socialmente a las madres debilita las bases humanas y morales que sostienen la vida en comunidad, poniendo en riesgo la justicia, la cohesión social y la equidad entre generaciones. Por lo tanto, es clave impulsar políticas que reconozcan el valor social del cuidado, promuevan la corresponsabilidad y respalden institucionalmente la experiencia materna.
Bachiochi, E. (2021). The rights of women: Reclaiming a lost vision. University of Notre Dame Press.
Guerra López, R. (2005). Identidad femenina y humanización del mundo. Aproximación a la determinación de la especificidad femenina como parámetro antropológico- normativo. Revista Panamericana De Pedagogía, 7.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2026, 7 de mayo). Estadísticas a propósito del Día de la Madre (10 de mayo) [Comunicado de prensa 24/26]. INEGI.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2025c). Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México 2024. INEGI.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2025a). Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024. INEGI.
Naciones Unidas. (1995). Declaración y Plataforma de Acción de Beijing. Naciones Unidas.
Nussbaum, M. C. (2012). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano. Paidós.
Stein, E. (2003). La mujer: Su naturaleza y misión. Monte Carmelo.
United Nations Population Fund. (1994). Programme of action of the International Conference on Population and Development. United Nations.




