Por la Mtra. Andrea Munguía Sánchez.
El pasado 24 de mayo se cumplieron oficialmente once años de la publicación de la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco. En este aniversario, es notable observar cómo su mensaje sobre la ecología integral sigue plenamente vigente y nos invita a continuar reflexionando sobre nuestra responsabilidad con la casa común. Especialmente considerando la situación actual del país respecto a las denuncias ambientales, los proyectos extractivistas y la injusticia ambiental.
Bajo este marco, me parece fundamental retomar las propuestas de la encíclica, de modo que nos permitan orientar las futuras acciones y estrategias encaminadas al cuidado integral de la creación.
Todo está conectado
La idea de que no existen dos crisis separadas, sino una sola y compleja crisis socioambiental (n. 139), es una de las reflexiones fundamentales de la encíclica. Al respecto, el Papa Francisco enfatiza que, cuando un lugar muestra señales de deterioro y/o contaminación, se vuelve imperativo analizar en qué estado se encuentran la sociedad, la economía, las relaciones y la cultura de ese entorno, especialmente en aquellos casos donde la vida de las personas se ve directamente afectada en distintos aspectos. Esta propuesta del Papa Francisco se ha posicionado con fuerza tanto dentro como fuera de la Iglesia Católica, exigiendo una mirada integral a los problemas socioambientales, y sugiere que la respuesta debe ser igualmente multidimensional y abordada desde diversas disciplinas.
El caso del derrame de petróleo en el Golfo de México es ejemplo de esta interconexión, cuatro meses después siguen manifestándose las afectaciones ambientales, sociales, económicas y hasta culturales de este desastre ecológico. Las denuncias se han enfocado no sólo en señalar al culpable del daño, sino en la exigencia de la reparación y recuperación integral de los ecosistemas marinos y costeros, así como del sistema social afectado. En el análisis de la problemática se han visto involucrados ambientalistas, biólogos, geógrafos, abogados, la sociedad civil, y población en general.
A la par de este caso, lo que también sucedió en Mahahual, el Tren Maya y, más recientemente, la planta de amoníaco en la Bahía de Topolobampo y la situación de los Canales de Xochimilco, se vuelve fundamental reflexionar cuál es nuestro lugar en la casa común y a qué estamos llamados. En situaciones como éstas, se necesita enfatizar la importancia de, en primer lugar, identificar los desafíos y las oportunidades que resultan de nuestra relación con la creación. Y, en segundo lugar, hacia dónde y cómo orientar nuestras acciones hacia el cuidado de la casa común. Así también, en la toma de las medidas necesarias para garantizar su protección.
Acciones orientadas al futuro
De dicha reflexión, se desprende una pregunta sencilla pero contundente en la encíclica, y que debe plantearse tanto a nivel personal como comunitario: Con nuestras acciones y forma de consumir actual ¿podemos asegurar un futuro para nuestros hijos -y los hijos de las siguientes generaciones?
Sobre esto, el papa Francisco señaló que las consecuencias del daño que estamos generando a la casa común serán palpables no sólo en nuestra calidad de vida, sino también en la forma en la que asumimos la responsabilidad social y ambiental que nos corresponde.
Por ejemplo, la creciente plancha asfáltica y la pérdida de áreas verdes han generado en las ciudades el fenómeno conocido como «isla de calor», con temperaturas que ya superan los 40° en algunas regiones. Sin embargo, es importante destacar que esta situación no es solo un problema ambiental, sino que se encuentra ligada también a un incremento de la inseguridad y desintegración social, impactando negativamente en la salud mental y física de la población. Especialmente en las generaciones más jóvenes que, desde el nacimiento, viven diariamente con las consecuencias del cambio climático, el calentamiento global y el deterioro del tejido social.
La importancia de actuar pensando tanto en quienes estamos presentes hoy como en las generaciones que están por venir, nos brinda esperanza y certeza de que el mundo realmente puede mejorar.
Desde las acciones más pequeñas, como la reforestación y la recuperación de áreas verdes en nuestras colonias, hasta cambios a nivel industrial para mejorar las medidas de protección ambiental, cada esfuerzo cuenta.
Conversión ecológica
Como comunidad católica, estamos llamados a renovarnos en una conversión ecológica. Ante la crisis socioambiental actual, es fundamental examinar nuestras posturas y reconocer actitudes que pueden limitar nuestro compromiso.
En este contexto, se observan frecuentemente dos perfiles de cristianos: quienes, a pesar de su vida de oración, desestiman las preocupaciones medioambientales y, aquellos que mantienen una actitud pasiva sin modificar sus hábitos frente a la gravedad de la situación. Ambas posturas, resultan contrarias con la vocación de ser protectores de la obra de Dios (n. 217).
Inspirada en el ejemplo de san Francisco de Asís. Esta conversión va acompañada de motivaciones y actitudes fundamentales que nos permiten mejorar nuestra relación con el planeta, con otros seres vivos y con nuestros semejantes.
Entre estas actitudes de la vida cotidiana, podríamos destacar las siguientes tres:
– Gratitud y gratuidad: Consiste en reconocer, desde el Evangelio, que el mundo es un don amoroso de Dios. Esto nos capacita para agradecer lo que se nos confía y para rechazar una relación de dominio. De este reconocimiento emergen prácticas de renuncia y generosidad desinteresada, actuando siempre en solidaridad.
– Sobriedad: A menudo caemos en la idea errónea de que «más es mejor», y acumulamos. El papa Francisco, nos invita a valorar la sencillez, sin afligirnos por lo material.
– Paz interior: La ecología integral exige dedicar tiempo y atención para recuperar la armonía con la creación y reflexionar sobre nuestro estilo de vida. Solo habrá paz en la tierra si hay paz con la tierra.
En conclusión, la conversión ecológica exige presentarse como un tercer tipo de cristiano: el que sabe ser verdadero discípulo y buen hermano.
En principio, este perfil se compromete con el cuidado de la casa común y busca un encuentro auténtico con Dios. Como consecuencia, transmite ese encuentro al plano social en su relación con las demás personas, con los ecosistemas y con otros seres vivos.
Traduciendo su fe en un compromiso de acciones concretas. Cada uno desde su trinchera.




