Mtro. Yasmany Ibaldo Pérez Marañón.
El Papa León XIV ha regalado a la Iglesia Universal y al mundo su primera carta encíclica intitulada Magnifica Humanitas. Firmada el pasado 15 de mayo y publicada diez días después, la carta conmemora el 135º aniversario de la histórica Rerum Novarum de León XIII y, en sintonía, constituye una mirada renovada desde la doctrina social de la Iglesia a los “nuevos asuntos” de nuestro tiempo.
La encíclica, de evidente impronta agustiniana, contrapropone dos imágenes bíblicas – la construcción de la torre de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén – que encarnan dos modos de relación, y conducen a dos civilizaciones posibles (nn. 7-10 y 129-130).
En Babel se reproduce la pretensión prometeica de autosuficiencia: alcanzar la plenitud sin Dios. Bajo la idolatría de la eficiencia, las leyes inscritas en la naturaleza pasan de ser causa de asombro a herramientas de dominio y la técnica se concibe para someter toda forma de existencia, incluida la humana. El reconocimiento de la dignidad queda condicionado a las capacidades de cada individuo, que es despreciado en la medida de sus limitaciones. Una sociedad edificada sobre esos cimientos termina siendo víctima de sus conquistas (n. 94): deja de comprenderse y se dispersa.
En cambio, Jerusalén simboliza una participación corresponsable en busca del bien común. Implica ver el mundo como un “don” recibido y reconocer en cada “otro” la magnificencia dada por el Creador. Una sana conciencia del límite permite actuar a la gracia divina, que potencia una relación comunional con toda la existencia. Desde esta otra lógica, la técnica hace su entrada como un auxilio que armoniza y potencia las relaciones. Así, antes que cualquier proyecto de humanidad, ocupan el centro la dignidad inalienable de cada persona y la búsqueda de un desarrollo humano integral.
Por otra parte, la carta encíclica apuesta por un “camino de discernimiento comunitario”, que exige poner en diálogo la Revelación y el Magisterio con las ciencias y con las culturas (nn. 23 y 27); a fin de proveer criterios claros para la construcción de una nueva civilización. En la fecundidad de ese diálogo han madurado, a lo largo de la historia, los principios de la doctrina social de la Iglesia (nn. 46, 59 – 81, 183); entre los que subraya el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Estos constituyen, desde la fe, verdaderas claves hermenéuticas y éticas para la convivencia en la polis – principios de interpretación y de acción – que se presentan como “diferentes aspectos de un patrimonio único” (n. 45). Sin embargo, dichos principios no constituyen principalmente un compendio de normas, sino que son fruto de una fe que ha madurado en la historia y busca promover, en todos y para todos, lo auténticamente humano (nn. 82 – 85).
Sin ingenuidad ni alarmismo la carta afirma que las nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, no nos conducirán necesariamente hacia un mejor futuro, sino que requieren ser orientadas adecuadamente, tanto en sus métodos como en sus fines. En palabras de la encíclica, la tecnología “no es neutral” (nn. 9 y 85), los instrumentos que produce podrán generar beneficio o daño, propagar la injusticia o mitigarla, según los criterios bajo los cuales se hayan construido; devolviendo a la sociedad el horizonte de humanidad de quien “la concibe, la financia y la utiliza” (n. 9).
No obstante, varias de las más importantes tecnologías están en manos de “nuevos actores” de naturaleza privada – compañías, transnacionales, etc. –, con capacidad de acción y recursos que exceden incluso a los de muchos gobiernos. Esta constatación supone un desafío inédito: la necesidad de construir consensos entre los Estados, los pueblos y dichos actores, para salvaguardar, por una parte, los derechos humanos – “traducción histórica” de la dignidad intrínseca de cada persona (n. 54) – y, por otra, impregnar al desarrollo tecnológico de una orientación más humana.
Asimismo, será retador discernir qué aspiraciones presentes en las narrativas que subyacen a ciertos “proyectos de humanidad” pueden considerarse legítimas. El transhumanismo y el posthumanismo (nn. 115-117, 131, 232), entre las más connotadas, proponen superar el sufrimiento y la muerte, ir “más allá” de los límites de lo humano mediante el perfeccionamiento biotecnológico o, incluso, reemplazar lo humano por una “humanidad superior”. Sin embargo, será imposible “salvar” lo humano sin humanidad, aunque sí es posible contribuir a su bienestar sin que implique contradicción.
Ahora bien, aunque recurrente, el tema central de la encíclica no son las nuevas tecnologías, ni siquiera la inteligencia artificial (n. 97) o las narrativas de fondo; varios documentos vaticanos recientes se han dedicado en específico a estos temas.[1] En todo caso, solo demarcan el contexto presente (n. 90) – un mundo que está siendo profundamente transformado – en el cual se actualiza la misión de promover y custodiar la magnífica humanidad que se nos ha dado. Este es verdadero núcleo de la encíclica que, en consecuencia, apuesta por una clara elección: habitar Jerusalén y reconstruir sus murallas.
El deseo de “ser más que humanos” no es para nada aberrante, por el contrario, es conciencia del límite en que habitamos y deseo de plenitud inscrito en el corazón humano (nn. 126-128). Lo tecnológico habrá de estar subordinado a la construcción de un hábitat donde efectivamente se mitigue el sufrimiento y también, se difunda la justicia y la paz, donde no sea la fuerza, sino la colaboración, el método para lograr los cambios.
El riesgo de deshumanización estará siempre presente; de ahí la necesidad de garantizar que el trabajo, la libertad y la verdad no sean opacados por el paradigma tecnocrático (213-214); que su optimización se corresponda con una dignificación a la medida de lo humano, sin exclusiones arbitrarias ni privilegios injustos. La automatización solo hará más ligero el camino de la humanidad en la medida en que contribuya a liberar capacidades y no a producir descarte, precarización o dependencia.
En Jesús, “más que humano”, se nos ha dado el camino para que el límite sea motivo y no parálisis. Mientras tanto, en la “civilización del amor”, a la que finalmente invita la encíclica, caben todos, únicos e irrepetibles, en busca de un mismo fin: satisfacer el deseo de trascendencia inscrito en cada corazón humano, que nos mantendrá inquietos hasta que descansemos en Él.
[1] Cfr. Dicasterio para la Doctrina de la Fe – Dicasterio para la Cultura y la Educación: Nota Antiqua et nova: nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana; 14 enero 2025. Comisión Teológica Internacional: Quo vadis, humanitas? Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad, 9 febrero 2026.




