Por Dr. Giampiero Aquila.
¿Qué hace que un pueblo, una nación, sea para las otras naciones y un signo de civilización, tenga un legado?
Independientemente de los múltiples defectos que podemos encontrar en los distintos estilos de vida, el hecho que una propuesta cultural tenga un peso es que esta sea coherente, que permita una conciencia críticamente asimilada de su historia, que ofrezca una hipótesis acerca del significado del tiempo histórico que se vive.
A este respecto es necesario reflexionar sobre la política migratoria del gobierno al interior de los Estados Unidos y tratar de entender qué presión ejerce sobre la identidad de esa sociedad y su papel histórico, tal como se expresa en el sentir de su población.
Lo que podemos observar a través de las imágenes que se trasmiten es claramente una violación de los más elementales de los derechos humanos, a partir la vida de las personas y de su integridad. Las imágenes que circulan en las redes rememoran episodios del siglo pasado que ensangrentaron primero Europa y luego el mundo. Parece que la metamorfosis del hombre posmoderno ha hecho a un lado valores legados a la sociabilidad que fundan nuestra convivencia, los mismos que han dado pie al bienestar del cual se goza, en particular en los Estados Unidos.
No estamos apelando a la coherencia como si se tratara de una probidad moral, una inquebrantable rectitud, y un indefectible “hacer lo que se dice”. El término indica más bien la constante tensión en afirmar una visión del mundo que se declina al interior de las distintas circunstancias y de las distintas personas, diferentes por generación, género y por pertenencia étnica y cultural.
Aquello de lo que aquí tratamos es de una coherencia ideal, un norte moral hacia el cual tendemos y no tanto de una conducta intachable de la cual conocemos bien los límites en nuestro fuero interno aunque queramos salvar la fachada.
El verbo griego ruo, que está en la raíz de coherencia, describe el fluir del río que, entre cataratas espumosas o remansos, fluye hacia su meta. Es el destino que determina la coherencia, y los valores de un pueblo describen los criterios preferenciales que momento a momento hacen visible esta tensión hacia la meta a través de las circunstancias concretas.
Ser grandes nos necesariamente significa ser poderosos. Seguramente los griegos en los siglos que precedieron nuestra era no fueron el pueblo más numeroso en la cuenca del Mediterráneo y en el Oriente Medio; persas y egipcios los superaban por riqueza y número, luego los romanos los conquistaron pero Graecia capta ferum victorem cepit, el vencedor fue conquistado por Grecia vencida. Lo mismo de manera aún más extraordinaria aconteció con la primera comunidad cristiana, perseguida y pobre pero cambió la historia “desde adentro” por su identidad por la experiencia cierta de Cristo presente.
Los Estados Unidos de América, desde su independencia han expresado un estilo de vida y una indicación de valores que marcan nuestra época a nivel global, no solamente por que su idioma se ha afirmado como lengua franca en el comercio, la industria, la ciencia y la literatura, sino por esa forma de organizar la vida en común que en su globalidad toma el nombre de democracia, donde el valor absoluto de la persona es afirmado dentro de la necesaria convivencia social y la organización del Estado, que la constitución de ese país cuida para que estos últimos no anulen el primero.
Como se decía se trata de un estilo de vida, no exento defectos que insistentemente, coherentemente, propuesto (¡y con poderosos medios para difundirlo, hay que decirlo!), ha afirmado el valor del la persona, de su responsabilidad, la conciencia de tener un horizonte por delante y sobretodo de su libertad, que la Primera Enmienda de su Constitución garantiza y promueve, protegiendo al ciudadano de los posibles abusos del poder político sobre el fuero interno.
Desde que la administración actual de los Estados Unidos ha asumido sus responsabilidades de gobierno se ha dado un giro determinantemente pragmático abandonando esos ideales fundacionales, en pos del éxito a toda costa. Ha dejado a un lado las diplomacias, considerando que pactos y acuerdos internacionales ralentizan y dificultan la obtención de resultados efectivos y eficaces. Esto lo estamos viendo en la prepotente política exterior, en los casos de Venezuela, Groenlandia, Gaza, y podríamos seguir con un largo etcétera.
La Estrategia de Seguridad Nacional, publicada el pasado noviembre dice en síntesis que Estados Unidos es la potencia más grande del planeta su seguridad consiste en permanecer tal, y aquí seguridad significa dominio y no confianza, reciprocidad y diálogo.
Nos encontramos ante la nueva doctrina Donroe, nuevo acrónimo que recuerda la doctrina Monroe, esa que recitaba “America (el continente) a los americanos (los Estados Unidos)”, a esa doctrina se le agrega pe prefijo Don, de Donald, que extiende sus interesas a cualquier país del planeta que favorezca la seguridad (léase predominio) de los Estados Unidos.
Es en este contexto que es posible leer su actuación también en política interna en particular en cuanto a la política migratoria dictada por el mentado pragmatismo que miramos en la política exterior. Al respecto es importante plantear algunas consideraciones.
Es consabido que los Estados Unidos son un país constituido de migrantes. Desde las últimas décadas del siglo pasado ha habido un flujo constante de personas procedentes de Centro y Sur América, también de muchas otras partes del mundo, entrando desde la frontera con México: regular las entradas clandestinas de migrantes ha sido un cometido de todas las administraciones, independientemente del color político, ya fueran demócratas o republicanos.
La novedad de esta administración es que ha ampliado su radio de acción hasta el interior del país a través de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (el ICE). Su acción esta reforzando aceleradamente el proceso de polarización de que el asalto a Capitoll Hill ha mostrado crudamente el 6 de enero del 2021, los datos muestran como la tensión interna se va haciendo más evidente.[1]
Las imágenes que llenan las redes sociales nos muestran agentes con pasamontañas que con violencia atrapan personas arrastrándolas por el suelo, al mismo tiempo que repelen con gas pimienta a manifestantes a manifestantes que los increpan, habiendo llegado a matar a algunos de ellos.
Sorprende la torpe violencia con la que reaccionan, no son policías entrenados a tratar con personas, en lugar de calmar, provocan, asaltan con violencia a personas inermes con la seguridad de quien sabe que tiene impunidad, recuerda las imágenes de purgas que nos llevaron a una guerra mundial y a un holocausto.
Estos agentes del ICE, en sus uniformes llevan escrito “border patrol” (patrulla fronteriza) aunque se encuentren a cientos de kilómetros de la frontera. Pues la frontera es una línea que divide países, la frontera que marcan estos agentes es entre personas, que están pero que ya no deben estar. Se trata de vecinos de toda una vida que se podían encontrar en la tienda de la esquina, de los que conoces sus hijos y sus padres, te traen la comida a la casa o te reparan la fuga del agua pero han nacido en otro lugar, son diferentes no pueden ni deben estar allí y entonces deben estar afuera.
El giro pragmático que ha tomado el gobierno norteamericano está mostrando su cara “incoherente” a lo que ha constituido la narrativa dominante del modus vivendi de Norteamérica, es decir el derecho personal e universal a ser protagonista de la propia historia.
El pragmatismo MAGA (hagamos América nuevamente grande) nos habla que una grandeza que las botas de los agentes del ICE está frantumando dividiendo el mundo entre buenos y malos donde los buenos son los útiles a un proyecto de dominio.
Divide et impera, divide y vencerás, aquí la división se está generando de manera endógena, ¿podrá un reino divido sobrevivir a sí mismo?
[1] https://today.yougov.com/politics/articles/53878-more-americans-view-ice-shooting-minnesota-unjustified-than-justified-january-9-12-2026-economist-yougov-poll





