En uno de sus diálogos más tempranos, el De beata vita, Agustín cuenta la historia de Orata, un hombre a quien no le faltaba nada, ni riquezas, ni amigos, ni virtudes, ni sabiduría; representaba a ese género rarísimo de seres humanos quienes, a pesar de tener poder y dinero no se convierten en dictadores de sus servidores y en compradores de sus amigos, sino que mantienen su corazón sincero frente a quienes les quieren y su autoridad permanece sustentada en que buscan el bien de quienes se ven en la necesidad de dirigir. Orata era, pues, uno de esos hombres difíciles de encontrar y a quienes todo el mundo mira no con envidia sino con gratitud. Pero había un problema, y es “que a este hombre afortunadísimo, su buen ingenio le estorbó a ser feliz. Pues cuanto más agudo era, mejor comprendía la caducidad de sus bienes, y le perturbaba el miedo y confirmaba el dicho vulgar: «Al hombre inseguro de todo, su mismo mal lo hace cuerdo».1

El temor es una de las pocas cosas que nos están garantizadas para siempre. No basta la obtención de absolutamente todas las virtudes y los bienes en esta vida para alcanzar la felicidad, pues nada de lo que se tiene es definitivo. Es suficiente no abandonarse a los éxtasis del hachís para comprender que todo lo que uno tiene puede siempre perderse. El miedo no es, pues, no tanto una emoción concreta sino quizás uno de los elementos esenciales en la ecuación sobre la vida.

El miedo es el retraimiento del yo hacia sí mismo, los estoicos lo definían como lo contrario del deseo, como su prohibición. La vida entera es, desde este punto de vista, una afrenta en contra del temor y lo temible, pues si éste triunfara siempre en cada lucha del ánimo, no levantaríamos si quiera la primera ceja y el deseo de vivir quedaría siempre clausurado.

Es normal y lógico que, a partir de un determinado momento de nuestras vidas, cuando hemos padecido ya ciertos dolores, el miedo aparezca como un actor importante. Nadie quiere reproducir ni las condiciones que produjeron el acontecimiento del desastre ni, por supuesto, el desastre mismo. Hay un temor horrorizante que puede helarnos a tal grado el alma que no queramos sino replegarnos sobre nosotros mismos para ver si encontramos allí, ya que nos ha espantado tanto el mundo, algún resquicio de consuelo. Así surge uno de los modos de vida más tristes, el de aquél quien, espantado por el miedo, se repliega a la hondonada de su propia alma –pues en ella nadie más le espanta– e intenta encontrar seguridades fincándolas en su propia virtud y mérito, o simplemente hace dormir el deseo que lo impulsaba a vivir y se entrega a una vida anonadada.

Pero esto es una trampa. El miedo puede representar la primera puerta del olvido del destino del hombre, pues no estamos vivos para cuidarnos del mal, sino para buscar el bien. Por eso, como el miedo es siempre inevitable, aunque nunca invencible, la vitalidad del corazón se decide en ese momento de la verdad: en el modo como afrontamos y manejamos nuestros miedos. Los medievales, incluido Santo Tomás de Aquino, pensaban que los dos modos más básicos del miedo son dos: el timor servilis y el timor filialis.2

El timor servilis es el miedo propio del esclavo, del siervo, es el rechazo a recibir un castigo. Es el temor de quien quiere con todas sus fuerzas evitar un dolor para sí. Por eso mismo es un temor que esclaviza cuando se toma como el motivo único de nuestros actos. Es el temor que me hace huir de una acción o situación para rechazar algún tipo de represalia, moral o física. Es un temor en buena medida justificado: cuando el riesgo es evidente, temer es lo propio de un sujeto racional, y tiene la función de  proteger, de advertir al deseo que hay peligro y riesgo de daño. Pero es un temor que puede conducir a la cobardía, pues retrae el deseo a su cancelación.

El timor filialis es llamado así a partir del amor que puede tener un hijo respecto de su padre. Es el temor del niño que no quiere nunca que su papá se aleje de él. Es el temor, también, de que el padre lo castigue, pero no porque tema al castigo, ni tampoco porque le tema a él, sino porque tiene miedo de interponer una distancia entre él y su papá, porque eso significaría que lo traicionó y que por tanto le produjo una tristeza. El timor filialis se ocupa antes del bien del otro que del bien de sí. Es un temor que, no obstante llamarse “filial”, encuentra su realización en otras caras de la vida, es el temor que surge en el enamorado que dice: “no quiero dejar que nada se interponga entre tú y yo, temo ser causa de permitir que algo interfiera entre nosotros”. En este caso el temor es el aviso, es la advertencia de que el yo no es absolutamente limpio y cristalino, es el aviso de que el yo puede equivocarse, de que el deseo puede incluso torcerse. El temor, aquí, ayuda al deseo a cobrar forma, es uno de sus cauces, de sus límites, de sus quicios. El timor filialis alicata el deseo y lo purifica para que se ajuste a aquello que verdaderamente desea, es un temor que lleva a la verdadera valentía, que consiste en la humildad. Es el temor del salmista, que se rinde ante la omnipotencia de Dios:

Señor, Tú has sido para nosotros
un refugio de edad en edad.
Antes de ser engendrados los montes,
antes de que naciesen tierra y orbe,
desde siempre hasta siempre tú eres Dios.
Tú devuelves al polvo a los hombres,
diciendo: «Volved, hijos de Adán».
Pues mil años a tus ojos
son un ayer que pasó
una vigilia en la noche […]
¿Quién entiende el golpe de tu ira?,
¿quién percibe la fuerza de tu cólera?
¡Enséñanos a contar nuestros días,
para que entre la sensatez en nuestra cabeza!
¡Vuelve, Yahvé! ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.3

El salmista teme a Dios, reconoce su furor, pero al mismo tiempo le pide misericordia con la confianza de que ésta pueda advenir algún día: lo sabe compasivo y capaz de misericordia. “Aparta de mí tus ojos, que me subyugan”4, dice durante el cortejo el amante a su amada en el Cantar de los cantares, en un gesto de inmensa reverencia y devoción.

El temor, aquí, sirve como cincel del deseo, y en este trabajo de desbastar, tiene una segunda función, la de advertir que aquello ante lo cuál se está es tremendamente santo y que cualquier daño que se inflija sería un agravio demasiado grave. El amante enamorado que teme de esta manera dice a su amada: “temo ser demasiado torpe y por ello dañarte, ayúdame y condúceme para no lastimarte cuando te amo.”

Hay un miedo, pues, buenísimo, y es el miedo a hacer el mal, el miedo a ser apóstata de lo santo de la vida del otro, es el miedo que hace vibrar el corazón ante la presencia del Bien y que obliga al hombre a reconocer su pequeñez, a doblar la cerviz. El miedo a dañar al prójimo, que el amante viva en plena intensidad por la lucidez que le regala eros, es el temor que ha de ajustar al deseo y mostrarle que no puede estar abandonado a sí mismo. El deseo debe ser regulado para que pueda luego entregarse legítimamente al objeto de su amor, y el timor filialis es una pasión que se lo indica.

El otro miedo, el timor servilis, no obstante ser un miedo horrorizante, tiene una función imprescindible en cuanto que implica el reconocimiento de que uno puede ser culpable. Es el miedo que experimenta aquél que se sabe capaz del mal y, por lo tanto, posible merecedor de recibir un castigo en nombre de lo justo. Si a veces la voluntas tiende a la apostasía y la iconoclastia, el timor es un bendito miedo porque le devuelve la posibilidad de reverencia. Empero, con todo y la ayuda que el temor puede representar para que el deseo se dirija hacia el bien, no debe nunca ser el móvil del acto, debe ser traspasado y sustituido por el deseo para que el móvil de la vida sea lo que debe ser, la salida y no el retraimiento. El temor, por su naturaleza inmanente, se consume a sí mismo y engendra cobardes que, a base de fuerza, quieren dominar el orbe.

A temer, pues, se aprende, y también a vencer el miedo. Pues si el miedo no se asume y se afronta, queda como fondo de la vida entera, coloreándola de una mediocridad terrible. Si, por el contrario, se le mira de frente, se asume y se traspasa, funciona como un pedagogo que enseña a amar como se debe amar aquello que debe ser amado con toda el alma.

Notas:

1. Agustín de Hipona, De beata vita 4, 26. La última frase de la cita es una referencia de Agustín a Plutarco:  De tranq. an. 1, 465c.
2. Cfr. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II, II, q.19: “De dono timoris” (Sobre el don del miedo). En esta cuestión Santo Tomás clasifica el temor en cuatro tipos: filial, inicial, servil y mundano.
3. Sal 90 (89).
4. Ct 6, 5.