Columna de Nuria Melani Mendizábal Chacón en Paginas Digital.
Lo que no ha hecho el Estado lo han hecho las madres buscadoras en México: organizarse y buscar a sus seres queridos desaparecidos. Ni la impunidad ni la revictimización han callado su voz ni doblegado su acción. Ellas apelan constantemente a la conciencia social. Escucharlas significaría no perder nuestra humanidad.
En México, existen más de 130 mil casos de personas desaparecidas. Ante la incapacidad del Estado de proteger a las víctimas y resolver esta grave violación de derechos humanos, las madres de los desaparecidos se han organizado para hacer ellas mismas la búsqueda.
Para entender los motivos por los que México se encuentra en esta situación, es necesario considerar que desde el año 2006 se agudizó un marcado periodo de violencia y deterioro de la seguridad pública. El gobierno de ese entonces lanzó una movilización militar y policíaca que denominó «guerra contra el narcotráfico» para contener el alza de la actividad delictiva en contra de la población civil.
Sin embargo, para entonces el poder de los grupos criminales dedicados al tráfico de narcóticos ya era de tal nivel que el ataque gubernamental no significó un alto al problema, pues propició el surgimiento de un mayor número de esos grupos, los cuales de formas más violentas comenzaron a competir por la hegemonía de territorios y el control de actividades ilícitas.
La guerra que se desató fue entre los llamados «cárteles de la droga», los cuales utilizaron su capacidad para infiltrar cuerpos policíacos, militares y círculos políticos para blindarse y asegurar la impunidad absoluta de los más crueles delitos. Esta grave ruptura del Estado de derecho significó para la población civil entrar en una espiral de profunda indefensión y terror. La desaparición de personas comenzó a ser uno de los signos más dolorosos de la descomposición social e institucional de México.
En un país que se dice democrático y respetuoso de los derechos humanos, la desaparición de personas se ha vuelto un fenómeno actual, reiterado y que crece a un ritmo cada vez más rápido. Desde hace más de dos décadas las familias afectadas se encontraron en el lugar común del abandono estatal, la revictimización, la falta de justicia y el dolor de no saber sobre el paradero y la integridad física de sus seres queridos.
Durante todo este tiempo la clase política no ha estado a la altura para responder a esta crisis. Además, quienes han estado y están actualmente en el poder no han asumido un verdadero compromiso con la sociedad mexicana, pues han mantenido condiciones estructurales como la corrupción y la desigualdad que agravan aún más la falta de acceso a la justicia de quienes son víctimas directas o indirectas de la desaparición de personas.
En México, pese a que se presentan denuncias por tales actos, las autoridades no investigan, no realizan acciones de búsqueda, no imputan responsabilidad penal a nadie. Por ello, desde el principio de esta tragedia las madres buscadoras han hecho excavaciones y han encontrado en fosas clandestinas restos humanos. Hacen visible una lucha contra la impunidad y la desidia del Estado. Dicen: «Nosotras sin quererlo nos volvemos abogadas, policías, antropólogas, psicólogas, aprendes a caminar la tierra, a buscar en lugares que no imaginas».
La lucha de las madres buscadoras ha logrado visibilizar ante la comunidad internacional la innegable crisis de desapariciones en México. Desde 2015 el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU constató que se trataba de un contexto de desapariciones generalizadas en gran parte del territorio mexicano. En 2018, el Comité lamentó que imperara la impunidad y la revictimización.
En 2021, el mismo Comité indicó que la situación continuaba en casi total impunidad y que la información refería la recurrente participación de servidores públicos y grupos criminales. En 2023 el Comité advirtió que el Estado no había adoptado una política nacional e integral de prevención y erradicación de las desapariciones y se hizo un llamado a fortalecer la sensibilización para combatir la estigmatización de las víctimas y sus familiares.
La búsqueda que más de 400 colectivos de madres realizan también las pone en riesgo, y una mezcla de miedo, parálisis e inhumana indiferencia por parte de una sociedad mexicana que normalizó la violencia, las dejó solas por muchos años. Sin embargo, ellas siguieron alzando la voz y no han dejado de buscar. Con ese ejercicio testarudo de seguir amando a sus hijos, hijas, hermanos, hermanas que hoy no están, le devuelven a la sociedad mexicana esa conciencia social que le urge a esta para cambiar tan terrible situación.
Las madres buscadoras ofrecen generosamente, desde hace años, su experiencia, su historia, su abrazo, su indignación y su lucha para que lo que sucedió con sus seres queridos se detenga y no vuelva a suceder. En el reciente encuentro del Segundo Diálogo Nacional por la Paz que se realizó en enero de este año, relataron cómo se sostienen en la esperanza, frente al dolor de vivir una ausencia sin sentido, sin explicación, sin respuestas. Descubrieron que solas no podían, pero que en comunidad son capaces incluso de cantar. Algo que desafía toda mentalidad común porque muestra la potencia de la humanidad de la que estamos todos hechos: nuestro yo es capaz de afirmar el bien incluso frente al terrible mal.
La notoria presencia de las madres buscadoras en el espacio público —con motivo del próximo Mundial de fútbol se prevén varias movilizaciones por las personas desaparecidas— constituye un llamado a la verdad por dura que esta sea, porque solo pronunciando la verdad emerge la libertad de las personas para cambiar la realidad hacia el bien y la justicia.
La sociedad mexicana y el mundo tienen una profunda deuda con las madres buscadoras, pero también tienen la oportunidad de moverse y conmoverse con lo que ellas hacen: pese al dolor que les atraviesa el alma, remueven con picos y palas la tierra de la propia responsabilidad, en la que cada uno, a su modo, es víctima y soporte de esta crisis. Hay que empezar por no vivir como si en México no pasara nada y encontrar la fuerza para solidarizarnos desde la conciencia con ellas, reconociéndonos como un pueblo que decide rechazar la violencia, exigir a sus autoridades y comprometerse con la paz. Ese es nuestro poder y deber.
Notas:
- Nuria Melani Mendizábal Chacón es investigadora de la División de Ciencias Sociales y Jurídicas del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).
- Las autoridades comunican con frecuencia a las víctimas que la falta de recursos humanos y financieros obstaculiza la ejecución de las acciones de investigación y búsqueda.
- En México hay más de 4.500 fosas clandestinas donde se han encontrado más de 6.200 cuerpos y 4.600 restos humanos. A inicios de 2026, las cifras oficiales estiman alrededor de 72.000 restos humanos sin identificar (frente a 52.000 en el momento de la visita del Comité en 2021). En 2025, tres estados representaban el 37% del total de fosas reportadas en el país: Sonora (972 fosas), Veracruz (523 fosas) y Tamaulipas (541 fosas). Fuente: Organización de las Naciones Unidas, Informe del Comité contra la Desaparición Forzada CED/C/MEX/A.34/D/1, numerales 99 y 100; Centro Prodh, 19/03/2026.
- Silvia Blanco, «La herida abierta de los desaparecidos en México: en este país sales a buscarlos o te quedas llorando en casa», El País, 24/04/2026.
- «Una paz que nos convoca a cada uno por su nombre: Segundo Diálogo Nacional por la Paz», DNP, 31/01/2026.
- Uno de los colectivos de madres buscadoras presentó algunas melodías como parte de un coro que han formado. Interpretan canciones mexicanas para recordar a sus desaparecidos, como una manera de expresarles que todo lo que hacen es por el amor que les sigue uniendo a ellos. Belén Zapata, «El coro inolvidable: madres buscadoras mexicanas quieren sanar su dolor con el canto y la oración», Aciprensa, 31/01/2026.




