Columna de Fidencio Aguilar Víquez en Paginas Digital.
México y España comparten historia, lengua y cultura. Pero mirar el mundo desde México es mirar desde una periferia que tiene algo distinto que decir. Un filósofo mexicano nos propone el ejercicio: yo, aquí, ahora — desde América Latina hacia los grandes problemas de nuestro tiempo.
Escribir es como hacer una caminata; ésta puede ser rutinaria o especial. A veces en la caminata rutinaria, si el lugar es el mismo, aunque se miren las mismas cosas, los mismos lugares, aunque se haga la misma rutina, pueden aparecer cosas nuevas, pensamientos, sentimientos y/o impresiones nuevas, incluso acaecimientos inesperados que podrían marcar un antes y un después. La caminata especial, en un lugar distinto, suele mostrarnos muchas cosas de las que hay que seleccionar algunas.
El lugar, el «topos», es relevante en ambos sentidos, en lo rutinario y en lo especial. Las caminatas se hacen para ejercitarse, repensar, repasar, meditar, discernir o, cuando en la mente hay saturación de ideas, pensamientos, imágenes o sentimientos, reposar, descansar, «vaciarse» de pensamientos y mirar mejor la realidad, en su base: la percepción, la mirada no tensionada, sino libre, atenta, observadora. Hay caminatas en terreno enteramente desconocido. Nuestra actitud es aprender, conocer lo nuevo.
Además del lugar, hay dos instancias más que completan el circuito de lo que podría ser una vivencia o, en su sentido técnico, un «diagnóstico», un conocimiento por vía de lo otro, un instrumento o un testigo; por un lado, el tiempo y, por el otro, el sujeto que habla o dice sobre el lugar referido. Así, tenemos una trilogía que, al decir de algunos filósofos, expresa los distintos saberes, especialmente la filosofía: 1) El sujeto; 2) El espacio (lugar); 3) El tiempo. Unificada sería un: yo-aquí-ahora.¹ Caminemos, pues.
Desde hace tiempo se le ha pedido al filósofo que diga qué es lo que está pasando en el mundo, en la región, en el país. Es tanta la vorágine de nuestro tiempo que no bastan las disciplinas como la economía, la ciencia política o la sociología. Se insiste a quienes piensan desde la filosofía que miren, observen y digan lo que pasa, más en un tiempo donde parece no haber una imagen del mundo, una *weltanschauung*, una cosmovisión. Tan es así que ni siquiera hay una imagen única del ser humano.
Así, pues, la trilogía yo-aquí-ahora puede centrarse, sí, en el sujeto que habla, también en el lugar y, sobre todo, reflejarse en el ahora: nuestro tiempo. Eso significa mirar el mundo, el globo y el momento presente desde México, incluso desde América Latina, desde los lugares que podríamos llamar «periféricos». La caminata sería desde estos lugares hacia nuestro «ahora», nuestro tiempo presente. Se trata de entender al mundo y entendernos dentro de este, «situarnos» en el concierto de la existencia.
Octavio Paz, el Nobel mexicano, señaló cómo la literatura en español, a partir del boom latinoamericano, le dio a nuestro idioma relevancia mundial y vitalizó el repensar el mundo y la actualidad en español.² Esta característica alude más al sujeto hablante y, acaso también, a lo que dice. Habría que añadir este otro elemento del «topos», el lugar desde el que se habla: México. De esta manera, el yo-aquí-ahora alude a nuestra aportación, desde México, en este tiempo, en este presente, en este ahora incierto.
Escribir desde México significa mirar desde este lugar los problemas que atañen a la existencia consciente del ser humano, a los ámbitos de la actividad humana, como la familia, la educación, el trabajo, la sociedad, y la forma en que se construyen y se viven las diversas instituciones de la civilización presente. México y España, así como América y Europa, tienen una relación estrecha y discrepante. México fue un tiempo la otra España, así como América «una invención de Europa»; hoy es otra la situación.
Hay, desde luego, problemas comunes en los diversos ámbitos de la actividad social; pero también existen problemas en México que no se dan en otros lugares, ni con la misma proporción ni con la misma complejidad. El drama de las desapariciones forzadas de personas alcanza magnitudes que mantienen a las sociedades y a las familias afectadas en una situación de heridas profundas y en vilo existencial. Los homicidios dolosos muestran un desgarramiento social de alcance antropológico.
Con tales heridas, desde México, los problemas del globo pueden verse de otra manera. La guerra desgarra y elimina, sin lugar a dudas, pero las heridas sociales que dejan la inseguridad y el crimen organizado —no solo en México, sino en otros países—, como aquella, dejan una cauda de inhumanidad y desolación, desesperanza y rencor. Y, sin embargo, aquí es donde es posible, desde el corazón de lo humano, una voz que se levante, con indignación y solidaridad, para decir: «¡Basta, no más muerte!»
La muerte no tiene la última palabra, como tampoco el mal. Frente a un mundo convulsionado por el deseo de poder, es necesaria una conciencia crítica y moral de este, que lo contenga y le ponga límites. Es cierto que el poder puede servir a lograr sociedades más justas, más humanas, más solidarias, pero lo hará si hay una conciencia que los mismos poderosos escuchen. Hace falta esa conciencia crítica y moral del poder que pueda decirle a este lo que le es lícito y lo que no, en favor de la dignidad humana, en virtud de la cual podemos mantener nuestra propia humanidad.
Notas
¹ Cf. Michel Foucault, *El discurso filosófico*, Siglo XXI, México 2025, p. 36ss.
² Cf. Octavio Paz, *Poesía en movimiento*, Delhi, 17/sep/1966, en *Poesía en movimiento. México 1915-1966*, Siglo XXI, México 2010, p. 4ss.




