Por José Miguel Ángeles de León.
La Copa del Mundo en Norteamérica llega en un momento histórico extraño. México, Estados Unidos y Canadá aparecen ante el mundo como una región integrada, moderna y capaz de organizar el mayor espectáculo deportivo del planeta. Los estadios, las ciudades sede, los aeropuertos, las marcas y las transmisiones proyectan la imagen de una comunidad continental unida por la fiesta del futbol. Sin embargo, bajo esa superficie luminosa se extiende una realidad dolorosa: la de una región fragmentada, atravesada por violencias, desigualdades y emergencias humanitarias que no caben en la publicidad del Mundial.
El futbol posee una fuerza cultural difícil de negar. Puede reunir a desconocidos, suspender por un momento la hostilidad cotidiana y devolvernos una experiencia vital de pertenencia. En México, además, el Mundial despierta una memoria colectiva profundamente arraigada. Pero su valor no se agota en la emoción deportiva. Un Mundial también puede ser una ocasión de unión familiar, de encuentro entre generaciones, de convivencia entre vecinos y comunidades que, a pesar de sus diferencias, encuentran en el deporte un lenguaje común.
Por eso mismo, el Mundial abre también un espacio de encuentro con la otredad. Los extranjeros que viajan a los países sede no llegan únicamente como turistas o aficionados; llegan también como testigos. Miran nuestras calles, conviven con nuestra gente, prueban nuestra comida, escuchan nuestras historias y se forman una idea de lo que somos. México, entonces, no sólo recibe partidos: recibe miradas internacionales. De ahí que el Mundial sea una oportunidad privilegiada para mostrar la hospitalidad, la alegría y la riqueza cultural del país. Pero precisamente por ello conviene preguntarse qué significa celebrar en medio del dolor de nuestro pueblo. No para negar la fiesta, sino para impedir que la fiesta se convierta en una forma de indiferencia.
La palabra “indiferencia” no significa aquí ausencia total de sensibilidad. Hoy, muchas veces, la indiferencia consiste en sentir mucho, pero por poco tiempo; conmoverse ante una imagen o un reel, pero pasar enseguida a lo siguiente. En ese sentido, el Mundial corre el riesgo de funcionar como una gran anestesia regional. Mientras el balón rueda, permanecen abiertas las heridas del crimen organizado, la desaparición forzada, la migración irregular, la trata de personas y la violencia fronteriza.
La paradoja es evidente. Norteamérica se muestra integrada para organizar un Mundial, pero no para proteger suficientemente la dignidad de quienes atraviesan y habitan su territorio. Hay integración para el comercio, el turismo, los derechos de transmisión y los patrocinios; pero esa misma integración parece volverse débil cuando se trata de perseguir redes de trata, atender a migrantes, buscar desaparecidos o contener el poder territorial del crimen organizado. La región aparece como una comunidad eficaz para producir espectáculo y hacer negocios, pero insuficiente para cuidar vidas.
México es anfitrión y frontera, fiesta y fosa, estadios llenos para visitantes del mundo y ruta de migrantes pobres. El país que recibe aficionados de todas partes es también el país donde miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos; el país de la hospitalidad es también el país donde el crimen organizado controla territorios, caminos, economías y silencios. Esta contradicción no puede ocultarse bajo una ceremonia inaugural ni silenciarse con un grito de gol. Al contrario: el Mundial debería obligarnos a mirar con mayor atención aquello que normalmente preferimos no ver.
Estados Unidos tampoco puede situarse cómodamente como espectador externo. Buena parte de las dinámicas criminales y migratorias que atraviesan México están relacionadas con la demanda estadounidense de drogas, armas, trabajo barato y control fronterizo. La indiferencia, en este caso, es también política: consiste en mirar los efectos sin asumir las causas compartidas.
La pregunta de fondo, por tanto, no es si debemos disfrutar o no el Mundial. Sería injusto pedirle a un pueblo cansado que renuncie a toda alegría. La alegría también es necesaria; también es humana; también puede ser una forma de resistencia. El problema aparece cuando la alegría se separa de la memoria, cuando la celebración exige cerrar los ojos, cuando el espectáculo reclama silencio ante los muertos, los desaparecidos y los migrantes invisibles. Un pueblo puede celebrar, pero no debería celebrar como si nada estuviera ocurriendo.
Por eso fue particularmente conmovedor ver a varios aficionados de Suecia abrazando a familiares de personas desaparecidas que se manifestaban afuera del estadio de Monterrey durante el partido entre Suecia y Túnez. En esa escena, el Mundial dejó de ser un simple espectáculo y se convirtió en comunión. Quienes llegaban como visitantes no se limitaron a mirar a México desde la fiesta, el color y el folclor; también fueron alcanzados por una de sus heridas más profundas. Ese abrazo no resolvió la tragedia, pero sí rompió por un instante la indiferencia: reconoció el dolor y lo hizo visible.
Otro gesto profundamente emotivo ha sido el de Tijuana al recibir a la selección de Irán. Aunque el equipo disputa sus partidos en Estados Unidos, las restricciones impuestas por el gobierno estadounidense le han impedido permanecer ahí de manera ordinaria, obligándolo a regresar a territorio mexicano después de sus encuentros. La escena tiene una fuerza enorme: una selección que participa en un Mundial norteamericano encuentra hospitalidad no en el país donde juega, sino en una ciudad mexicana de frontera, marcada por, la espera, la migración y la mezcla de pueblos. Frente a la dureza geopolítica, la sociedad tijuanense ha respondido con calidez. Así, Tijuana aparece no sólo como ciudad de paso, sino como ciudad hospitalaria: un lugar donde la frontera, tantas veces asociada al rechazo y al dolor, puede convertirse también en espacio de encuentro, compasión y reconocimiento del prójimo.
México, Mundial e indiferencia: esas tres palabras resumen una tensión fundamental de nuestra actualidad. México es una nación herida bajo los reflectores del mundo; el Mundial representa la fiesta global; la indiferencia, la tentación de mirar sólo aquello que reluce y apartar la vista de lo que duele. Pero en medio de esa tensión pueden surgir signos inesperados de humanidad. La atención internacional puede servirnos para recordar que no existe verdadera integración regional sin responsabilidad compartida; que no hay desarrollo digno sin justicia social; que ninguna sociedad puede considerarse justa cuando se convierte en fosa clandestina.
El futbol no tiene la obligación de resolver por sí mismo las tragedias de una región. Pero quienes organizan, gobiernan, narran y celebran el Mundial sí tienen la obligación de no convertirlo en una cortina de humo.




