Por Cristóbal Barreto.
Política, big data (acumulación y procesamiento de grandes volúmenes de datos) y algoritmos (reglas de clasificación y recomendación), no es un tema común de titulares en la prensa. Lo más frecuente es el debate por la violación ética y legal en el uso de la información personal de los usuarios de las redes sociales. Que no haya mucho de ella no quiere decir que no se esté llevando a cabo, con efectos dañinos para la convivencia democrática. Si bien Cambridge Analytica, empresa dedicada a la asesoría política que combinaba minería de datos con análisis psicológico de los cibernautas, cerró sus puertas, existen otras empresas operando que manipulan emociones y desinforman a los ciudadanos.
El uso de la tecnología informática a gran escala revolucionó la forma en que se llevaba a cabo la política. Lo común en la comunicación política y en la competencia por cargos de elección eran las ruedas de prensa, los boletines informativos, los espectaculares, los mítines, la propaganda en radio y televisión, los carteles y pintas en la infraestructura urbana. Con ello, se pretendía informar a la ciudadanía del acontecer gubernamental o de las campañas de los candidatos. Con la nueva tecnología, se sumaron los mensajes y la propaganda exclusiva a cada sector y grupo social al que se quiere impactar.
La recopilación de grandes volúmenes de datos y su interpretación es lo que ahora apoya a la comunicación política. Los diseñadores de la comunicación elaboran discursos segmentados, construyen nuevos perfiles de candidatos y privilegian determinados canales de comunicación por su eficacia. Se busca con ello ser más eficiente y preciso en la conexión con el ciudadano y decirle quién es el responsable de los problemas que le aquejan.
El Brexit en 2016 es el mejor ejemplo de lo anterior, donde se enviaron más de mil mensajes distintos a los electores británicos a través de Facebook, que fueron vistos más de 169 millones de veces (BBC 2018), por lo escandaloso del contenido. Dominic Cummings, director de la campaña para que Gran Bretaña saliera de la Unión Europea, declaró que “Durante las diez semanas de campaña oficial, produjimos casi mil millones de mensajes digitales personalizados, principalmente en Facebook, con un fuerte incremento en los días previos a la votación” (Da Empoli 2025, 128). La cantidad y variedad de contenidos informativos cambió considerablemente.
En dimensiones semejantes a lo sucedido en el Brexit se dio en las elecciones de Estados Unidos en 2016. La campaña de Donald Trump mandó 5.9 millones de mensajes a los electores a través de las redes sociales, mientras que Hillary Clinton sólo envió 66 mil. Algo parecido ocurrió en las elecciones de Brasil en 2018, como en la de Barack Obama en 2012 (Da Empoli 2025, 129 y 130). Cada una de estas competencias da cuenta del uso indiscriminado de la tecnología informática para comunicarse con los electores y con ello mejorar su posición en las preferencias electorales.
Por eso se dice que el big data es el microscopio de la política, con el que se busca conocer simpatías, antipatías, enojos, expectativas, sentimientos negativos. El mecanismo sirve para que se construyan historias y contenidos noticiosos, que alimenten la rabia de los ciudadanos y en consecuencia provocar el rechazo al partido, al candidato o a un grupo social opositor. Buscan darle al ciudadano una figura, una imagen, un símbolo a repudiar.
Los algoritmos, por una parte, segmentan a personas detectadas con emociones negativas, identificadas por sus conversaciones, reacciones y consumos en las redes sociales; por la otra, distribuyen contenidos para mantener o aumentar la rabia. Lo han hecho con los partidarios de las teorías conspirativas, con quienes se perciben excluidos o marginados, con los desempleados, con los endeudados, con los indignados en general, con los que se creen al margen de la sociedad.
Los casos más documentados y publicados son el de Italia con el Movimiento 5 Estrellas, el de Hungría con el partido Fidesz de Víctor Orban o el de Francia con los chalecos amarillos. La rabia en Italia fue contra la clase política y el empresariado, por el desorden gubernamental y la crisis económica en general. En Hungría, fue por lo que significaría para esa sociedad creyente católica la llegada de migrantes provenientes del mundo árabe y musulmán. En Francia, fue por el aumento del precio de los combustibles (Da Empoli 2025, 68 y ss.)
El objetivo de quienes usan los algoritmos es ingresar a la conversación de aquellos ciudadanos indignados, mandando contenidos que refuercen sus prejuicios y les ayuden a confirmar los criterios con que miran y juzgan. Pretenden provocar que estas personas expresen su ira contra quien o quienes consideran responsables de lo que les está sucediendo: la casta, en el caso italiano; los migrantes, en el caso húngaro; o los gobernantes que se alinean a las instrucciones de Bruselas (porque acusan que desde este lugar se dictan las políticas comunes para toda Europa, sin distinguir condiciones y circunstancias de cada país), en el caso francés.
Las redes sociales cumplen hoy la función que antes desempeñaban la radio, la televisión, la prensa o la publicidad estática; a diferencia de aquéllas, que informaban y permitían una postura reflexiva, éstas mantienen al ciudadano en un estado de alteración permanente. Lo que recibe un ciudadano no se repite con lo que recibe el vecino, familiar, amigo o compañero de trabajo. A cada uno le llega lo que se valora conviene a su interés muy personal.
En la política del presente donde impera el uso de estas herramientas tecnológicas, no existe una realidad objetiva compartida. Cada ciudadano habita su propia burbuja, recibe hechos diferentes y llega a conclusiones incompatibles con otros de su círculo cercano (Da Empoli 2025, 149). Para quien es tocado por estas formas, lo que importa es si el relato que recibe encaja con su experiencia.
Política, big data y algoritmos constituyen, si bien una herramienta política eficaz, una mezcla dañina para la democracia, para la convivencia pacífica, para el diálogo, para la competencia electoral. Para evitar que esto siga ocurriendo, convendría una regulación de las propias empresas tecnológicas que limite el uso cuando se trate de difusión de noticias falsas o polarización entre usuarios.
Referencias
Da Empoli, G. (2025), Los ingenieros del caos, Titivillus, ePub.
BBC Redacción, Anuncios segmentados de Vote Leave sobre el Brexit publicados en Facebook, BBC, 28/jul/2018, https://n9.cl/l2lfg.




